A la pillota: todos contra todos


La irrupción de Vox en los comicios regionales andaluces del 2018, en los que los de Abascal obtuvieron 12 diputados sobre un total de 119, esenciales para decidir si el Gobierno regional caería del lado de la izquierda o -como finalmente sucedió- de la derecha, vino seguida de unas encuestas para las elecciones generales de abril del 2019 que anunciaban para Vox unos resultados sustancialmente mejores de los que, aunque notables (24 diputados de 350), acabó por obtener.

Ambas circunstancias iban a condicionar con toda claridad la dinámica de la campaña electoral del pasado mes de abril, pues ni el PSOE ni Podemos pudieron resistir la tentación de plantearla en los términos que más les beneficiaba: izquierda contra derecha. Basta recordar aquella teatral «alerta antifascista» decretada por Iglesias y la machacona insistencia del presidente en funciones en «parar a las tres derechas» para comprender lo que sucedió en el debate televisado entre Sánchez, Casado, Iglesias y Rivera. Salvo algunos pellizcos de monja entre los líderes del PSOE y de Podemos y entre los de Ciudadanos y el PP, la dialéctica fue entonces la de bloque contra bloque.

Pero de abril a noviembre las cosas han cambiado de forma radical. Y no solo por la formidable intifada del separatismo radical en Cataluña y el deterioro de nuestra economía, sino, sobre todo, porque quienes en abril o llegaban como aliados de facto (Sánchez e Iglesias), o trataban de no dañarse más de lo que ya lo habían hecho (PP y Ciudadanos), actuaron ayer a cara de perro en una lucha sin cuartel de todos contra todos.

Ayer vimos a Sánchez pelear contra las tres derechas que ahora trata de resucitar, pero también contra Podemos, en ambos casos con el obvio objetivo de frenar la sangría o -en la mejor hipótesis- de romper el estancamiento que anuncian las encuestas; al PP buscando sacarle votos a Ciudadanos por el centro y tratando de evitar, con su dura crítica al PSOE, que se vayan a la izquierda; a Podemos denunciando un supuesto pacto del PSOE y el PP para colocar así al primero en una posición de derecha, lo que debería dejarle a Iglesias un mayor espacio hacia la izquierda; a Ciudadanos arreando estopa a diestra y siniestra para defender una posición central que evite la debacle que pronostican los sondeos; y a Vox, en fin, en la puesta de largo de Abascal en un debate televisivo, haciendo el discurso más fácil, pues, como el torero enloquecido que pide ‘dejaime sólo’, fue allí a decir que sólo él representa a la España eterna y de verdad.

Como espectáculo -que es lo que son en general los debates políticos televisados cuando en ellos participan más de dos contendientes- la cosa no tuvo duda alguna: una función muy entretenida para los amantes del boxeo. Otra cosa es la utilidad pedagógica de la velada para los millones de indecisos que supuestamente existen en España: ahí el resultado, como el grupo sanguíneo, es cero negativo.

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