Cuento para desintoxicar veroños electorales


Tras varios años de convivencia, su marido la informó de que había quedado con su ex para tratar unos temas de su hija en común y todas las alarmas tocaron arrebato. El comentario le penetró como una patera y se instaló en su estómago, impidiéndole respirar.

 Lo miró intentando contener el gesto, pero finalmente vomitó su amenaza: «Vale, pero si la ves y te acuestas con ella, aquí no vuelvas».

Más que un ultimátum fue un desahogo. Sabía que aquella relación estaba acabada, pero la fantasía de esos años de intimidad y una hija en común, la hacían recelar de posibles rescoldos de pasión. Al fin y al cabo, la ex aún lucía una madurez envidiable.

Sin querer, desconfiaba de su hombre, un hombre con una capacidad de ternura de la que su ex no tenía ni idea. ¿O sí?, pensó.

Un hombre en el que nada hacía sospechar la autenticidad de su amor, pero un hombre al fin y al cabo. ¿O es que cuando comenzaron los encuentros de burbuja y piel de ángel con ella, su ex no sospechaba que tenía un lío con alguien? Los hombres -ya se sabe- son infieles por naturaleza, unos ingenuos incapaces de vivir solos y resistir un envite sexual.

Le resultaba insoportable pensar que hablaran de ella durante ese encuentro que consideraba innecesario, aunque fuera de simple intendencia doméstica. Le atenazaba el corazón pensar que sería la tercera persona de una cita a luz de gas... Ese no controlar que la descontrolaba.

De nada servían entonces las muestras de amor y detalles desgranados día a día durante su relación. Lo culpabilizaba por tener un pasado, una vida más allá de su piel, por escatimarle la seguridad de lo exclusivo.

Nunca le hablaba de su vida anterior o, al menos, no lo suficiente como para disponer de todos los datos que le permitieran tener la seguridad plena de que ya no quedaba nada entre ellos; de hecho, nunca dejó de husmear en su móvil buscando alguna prueba que delatara la traición o consiguiera calmar sus dudas.

Escuchó la retahíla de amenazas sin pestañear, con la mirada seca y el rostro zurcido de desencanto. Sin mediar palabra, se levantó de la mesa, cogió la maleta azul del altillo y metió tres mudas, cuatro camisas y dos pantalones; un neceser con útiles de aseo y el portátil. Vagó la mirada a su alrededor como investigando la escena de un crimen y regresó a la cocina.

Con tono pausado y sin emoción alguna contestó: «Se hace tarde, me voy. No pienso acostarme con ella, pero tampoco pienso volver». Adiós.

Y se marchó con sensación de masculina libertad.

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