De Cataluña a Galicia, en campaña


Las últimas elecciones generales tuvieron en sus discursos más relación con políticas ajenas a la realidad gallega que con problemas propios de Galicia. La campaña del 10 de noviembre se ajusta a esos problemas y debates, sobre todo con la prolongada crisis catalana. Aquí y ahora, sorprende la agresión contra quien se atrevió a vender peras de Lérida en Galicia y sorprenden los silencios ante el manifiesto de los rectores catalanes o el cambio en el sistema de evaluación para acoger la protesta secesionista, en cuatro de las siete universidades públicas. Sobre todo si recordamos aquel alboroto por las diferentes pruebas de acceso a las universidades españolas.

En estas elecciones de noviembre, como novedad en Galicia, el Gobierno de la Xunta ha activado sus reivindicaciones, algunas merecedoras de la inmortalidad en un poema de Curros Enríquez.

Empezaron, por derecho, con los libramientos de Hacienda a cuenta de los impuestos por ella recaudados y no ingresados. Luego intentaron transferir al Estado responsabilidades propias ante la situación de emergencia industrial, previsible y derivada de las políticas energéticas y ambientales europeas por una parte, y por las continuas deslocalizaciones y la competencia eficaz de las políticas portuguesas por otra. Con el añadido de algunos problemas mal gestionados en algunas empresas del naval vigués. Añádanse ahora unos presupuestos preelectorales del 2020 con fuerte énfasis en dotación de recursos humanos en sanidad y educación, pero sin alternativa conocida para la gestión de lo público.

Por último, aunque no lo último, la tan traída y llevada gestión de la concesionada Autopista del Atlántico y los plazos del AVE. Un auténtico culebrón en la vida política de la sociedad gallega de estos últimos años.

No recordaré ahora las reivindicaciones de la transferencia de la AP-9, tampoco los díxome-díxome de la llegada del AVE. Ante ambos fenómenos, autopista y AVE, conviene recordar que aquellos técnicos y políticos que entre 1973 y el 2003 diseñaron la Autopista del Atlántico, de Ferrol a Tui y desde allí a Oporto, tenían un conocimiento más cabal de la realidad económica y poblacional gallega que quienes empezaron en el 2004, con Álvarez Cascos al frente, a diseñar un AVE para Galicia. Donde, en lugar de atajar por una excéntrica Galicia central como hicieron, habrían acertado haciendo la entrada por el Miño-Atlántico, Ourense-Tui-Vigo-Santiago, comunicando la poblada Galicia ribereña con el norte de Portugal y la meseta. Pero no fue así, y bien está que el presidente de la Xunta se pregunte otra vez sobre la llegada del AVE por el atajo, pero sin olvidar que a tal AVE le faltan hoy frecuencias entre Coruña y Vigo, y un enlace de Vigo con Portugal y Madrid. Sin que nada de ello se vislumbre como resuelto para el Año Santo del 21. Tampoco la emergencia industrial en la que nos instalamos, ni los déficits en políticas y gestión de lo público.

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