Prisbicia


Lo dice con la lengua de trapo y la cara manchada de pintura. Con los ojos húmedos y las manos frías. Despacito, casi saboreando la acidez de cada sílaba. Sentada (más bien derrumbada) sobre el confeti cutre en el que ha estado convirtiendo los añicos de su vida. La verja del pub la ha dejado sobrecogida. Instagram es una incógnita para las que han crecido al margen de la tecnología. «La gente tiene hijos y familia, y yo tengo prisbicia». Así. Con i de impotencia y retrogusto de angustia. La dictadura social resumida en una frase con esa conciencia clara que solo se trasluce en la confusión etílica. Una revelación de esas que llegan cuando la borrachera se va y deja la autoestima vacía.

Delante de sus ojos borrosos, su hermana María. Su novio perfecto esparció los escombros del futuro que había planeado al milímetro en una notaría. Perder los papeles como nunca le ha cambiado la vida. Ya nada es como le contaba a Cris en los estertores de la adolescencia. Su amiga del alma a veces no soporta a sus hijas. Otra mujer empujada a descubrirse a sí misma tejiendo una red de mentiras. ¿Cómo que no te gusta ser madre? A lo mejor lo que necesitas es una jornada reducida. El silencio es lo único que mantiene en pie un matrimonio que ya no carbura. Los cumpleaños se celebran con Phoskitos y se ha expandido el concepto de familia. Y nuestra Vida perfecta la resume así una Esther derruida. Con prisbicia.

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