El cocido rehabilitado


Instagram censuró un bodegón del primer cocido del otoño que un buen hijo agradecido colgó en la Red como homenaje a su madre, que lo había guisado. Inaugurando así la temporada, cuando la lluvia y los días menguantes visitan Galicia.

La fotografía censurada mostraba un apetitoso plato en el que no faltaban los componentes tradicionales, desde la verdura y los garbanzos hasta el pequeño mapa cartográfico que retrataba las piezas cárnicas del hermano cerdo. La sanción aludía a la llamada «violencia gráfica» y al lenguaje «que incita al odio», vana presunción ignorando la red social que existe el algoritmo Lalín, que tiene en esa población gallega la capital universal del manjar popular que convierte al cocido en una red social en sí misma.

Menos mal que Facebook, entidad matriz de Instagram, pidió disculpas publicas y rehabilitó al plato rey del invierno gallego, justificando un no se qué de expertos en inteligencia artificial, que a mi juicio debían de ser veganos radicales para condenar al cocido a los infiernos de la violencia gráfica.

Y desde aquí reivindico el humilde cocido gallego popular y campesino que nutre los bandullos cuando el invierno es un ir y venir de vientos y de fríos en la Galicia interior, convirtiendo al cocido en una orgía culinaria y una fiesta de dilatadas sobremesas. El cocido de invierno, el del otoño, en la Galicia sin litoral es la mariscada de los pobres, sustituye los percebes por la cachola, los centollos por los chorizos, las almejas por los garbanzos y los santiaguiños por los grelos.

Reivindico los cocidos castellanos de tres vuelcos con el epígrafe de cocido madrileño en el que el cerdo tiene menos protagonismo, y hago mío el plato burgués y solemne del cocido mítico de Lhardy, con más de cien años ordenado en sus fogones, junto a la Puerta del Sol. Pero nada como el menestral cocido gallego, que vive permanentemente en mi memoria presidido con los mas sencillos alimentos de la cocina básica, que juntos en una olla componen la mas afinada sinfonía de sabores reconocibles.

Menos mal que Instagram dio marcha atrás, reconociendo que ningún cocido cabe en un tuit, que trasciende las redes sociales, y que la autentica violencia y la mayor de las obscenidades gráficas es no catarlo con la lentitud de un diletante sentado en una mesa.

El cocido gallego es nuestro mejor paisaje de invierno.

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