Que todo cambie para que todo siga igual


Hasta los cadáveres se convierten en polvo y las piedras se degradan. Pues bien; me podría usted decir que no, que no todo es cambio, que conoce a una mujer que sigue igual que siempre (es una expresión que oímos constantemente, «fulanita o menganita sigue igual que hace cuarenta años»). Y me podría decir también que esta mujer es una vieja beata que vive sola en su casa que huele a coliflor y a soledad, y que solo sale para ir a misa los domingos, y para merendar café con leche y tostadas con mermelada de melocotón los martes, con sus cuatro amigas de siempre. Que lleva cuarenta años haciendo eso.

Pues ante el caso improbable de que esa mujer no haya tenido ningún conflicto en la vida (un fallo hepático, por ejemplo, o que descubre chinches bajo el colchón, o que el vecino la denuncia por humedades), seguro que empieza a albergar pequeños rencores, piedras en el riñón. Una de sus amigas, que siempre ha sido beata como ella, se ha echado un novio y entonces surgen los celos. Nuestra mujer quiere a su amiga con toda su alma, porque la conoce desde que eran niñas, pero a partir de ahora ya nada será igual los martes por la tarde, y no puede evitar odiarla. Por eso decide matarla, y lo hace.

Nos ha sorprendido a todos escuchar a la expresidenta del Parlament, Carme Forcadell, decir que no tuvieron empatía con la gente que no es independentista, y que quizá no se sintió tratada de manera justa. «Hay mucha gente que no es independentista que defiende las libertades y los derechos fundamentales, y que si le das a elegir entre España y Cataluña, elige España». También que no lloró cuando recibió la sentencia pero sí cuando vio las imágenes de los altercados en las calles. No sé si esto es cambio; aunque pequeño, me gustaría pensar que sí.

Cuando Giuseppe Tomasi di Lampedusa escribió El Gatopardo estableció uno de los pilares de la doctrina política actual: «Cambiar todo para que no cambie nada». Esta es la síntesis de una paradoja, la idea profunda que persigue el mantenimiento de las estructuras del poder mediante aparentes cambios en la superficie. Lo que seguramente no sabía el escritor italiano es que su visión de la realidad sigue presente en la política del siglo XXI. Ojalá que el gesto de Carme Forcadell sea el primero.

Por Cristina Sánchez-Andrade Escritora y premio Sor Juana Inés de la Cruz de la FIL

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