Comerse una hamburguesa


Ha sido ver las imágenes del ministro Marlaska justificando ante los medios su cena en un restaurante durante la crisis catalana y pensar qué suerte tuvieron otros políticos que ejercieron su oficio cuando no había Twitter, porque entonces no supimos minuto a minuto qué comían y sobre todo dónde comían. Me refiero, por ejemplo, a cuando el Prestige eran solo unos «hilillos». Cuando algunos políticos presumían de que tenían en su despacho una cama plegable y podían convertir su espacio profesional en un puticlub. Eran otros tiempos, sí, y todo se percibía de otro modo. Ahora, en esta Santa Inquisición on-line, se juzga de otra manera. ¿Que Marlaska cena una hamburguesa? ¡A la hoguera! ¿Y si hubiera cenado camarones? ¡A la hoguera! ¿Y si hubiera estado amigable y sonriente mientras comía? ¡A la hoguera! ¿Y si hubiese bebido un vinazo? ¡A la hoguera!

En este mundo de hoy todo arde. Y mira que conocemos casos de gente que pasa horas y horas en su despacho sin resolver un pijo y mira que conocemos a mujeres que se desdoblan, que hacen la compra, que cocinan, que curran a destajo y son capaces de entre hueco y hueco irse a la peluquería. Dios me libre que fuese una ministra a la que hubiesen pillado en plena crisis catalana cruzando un momentito a hacerse la cera en el labio (son rutinas indispensables que cualquier conselleira o alcaldesa sabe necesarias). Dios me libre, porque esa mujer hoy estaría chamuscadita en la hoguera, después de que la hubiesen cazado en la «frivolidad» -dirían algunos con muy mala baba- de «ponerse los rulos». ¿Cuántas horas debe dormir un ministro en plena crisis para ser un hombre responsable? ¿Cinco horas? ¿Seis? ¿Si duerme ocho, ya podemos decir que es un vago redomado? ¿Se pueden mantener relaciones sexuales si eres un ministro en crisis, o es pecado mortal? ¿Qué se debe comer y no comer? ¿Dónde? ¿Cuántos metros puede desplazarse un ministro en crisis a un restaurante: diez, veinte, un kilómetro? ¿Debe comer siempre en su despacho?... Necesitamos con urgencia un decálogo de protocolo íntimo-institucional para comprender dónde están los límites de lo riguroso, lo serio y lo responsable. Porque para algunos lo urgentísimo no ha sido el fuego de Cataluña, ni siquiera si el ministro del Interior lo estaba haciendo bien, mal o regular; lo importante es bajar al infierno de lo personalísimo para poner el dedo en la llaga de lo que se lleva a la boca Marlaska. Y sinceramente, con todo este berenjenal, comerse una hamburguesa en el el bar de abajo no me parece, en este caso, un argumento de peso.

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