Seis días para avergonzarse


redacción / la voz

Cataluña no es España en algunas cosas. Cataluña no es España, por ejemplo, en violencia callejera. A este lado del Ebro no tenemos que sufrir a los vándalos del CDR ni a los entes tipo Tsunami Demòcratic. Sí sufrimos, en cambio, a Quim Torra, ese personaje secundario reconvertido en protagonista aunque los hilos de su lengua se los mueva desde Waterloo otro actor de reparto, Carles Puigdemont, que se sublevó contra su patrocinador principal, Artur Mas, uno de los grandes culpables de la disparatada escalada política secesionista que nos ha deparado una semana lamentable.

Cataluña, y Barcelona muy especialmente, nos han dejado unas imágenes de las que nos avergonzaremos todos los españoles durante muchos años. Apenas un millar de policías, bien respaldados esta vez por unos Mossos que por fin han cumplido con sus obligaciones constitucionales, han mantenido en pie la dignidad del Estado mientras un puñado de políticos trileros siguen intentando esconder sus responsabilidades ante los ciudadanos.

Seis días ha tardado el ministro del Interior en visitar a los subordinados que se han partido la cara por España, literalmente. Quizá merecían algo más que racionarles las pelotas de goma

El primero de todos ellos, Torra, callado durante el lunes y el martes mientras sus cachorros políticos independentistas destrozaban Barcelona a base de fogatas y pedradas. Su portavoz, Meritxell Budó, tuvo la desfachatez de justificar el silencio -incluso la complacencia en sus redes sociales- del presidente de la Generalitat ante la kale borroka secesionista durante 48 horas «porque valoramos mal el alcance de las movilizaciones».

Casi lo mismo se podría decir de Ada Colau, la alcaldesa de Barcelona que apenas ha abierto la boca durante toda la semana más que para criticar a los 300 ultraderechistas que buscaron su minuto de gloria el martes intentando reventar la movilización independentista. Pero la socia de Pablo Iglesias en Cataluña -y amiga de Íñigo Errejón- no ha dedicado ni un minuto a reprender a los miserables que destrozan su ciudad y, mucho menos, a movilizar a su policía local para ayudar a las fuerzas de seguridad a controlar el desafío de los secesionistas.

Tampoco puede presumir de casi nada el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska. Escondido en su despacho hasta que el jueves trascendió una cena con mojito, tardó seis días en acudir a Cataluña, zona cero de los problemas, para visitar a sus subordinados que, literalmente, se están partiendo la cara por España y por el orden constitucional. Quizá merecían algo más que racionarles las pelotas de goma con las que se defienden de la brutalidad de quienes solo pretenden subvertir la legalidad.

Queda Pedro Sánchez, fuerte en el mensaje del telediario, pero reacio a hacer cumplir la ley. Una parte del territorio español está fuera del control del Gobierno. Quizá el presidente, además de pedirle apoyo a la oposición, pueda hacer algo por impedir esa ilegalidad.

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