Yo oposité a jueza y saqué la plaza


«Hay que salir de la inopia» es una frase que solía decir mi madre medio en broma. En mi caso significó elevar las expectativas propias de mi clase. Mi padre era visitador médico y mi madre, ama de casa. Imperaba en mi casa un pragmatismo radical propio de una familia numerosa. En el verano de 1989, recién acabada la carrera, mi padre me recortaba los anuncios del periódico que pedían licenciados en Derecho. Me vi obligada a enviar currículos. En las entrevistas mostraba poco interés. Un día, en un despacho muy afamado de Barcelona, me preguntaron si me gustaba el derecho tributario. Contesté que no, que yo quería hacer oposiciones a juez.

En aquella época, a principios de los 90, España necesitaba un gran número de jueces y las convocatorias eran de trescientas plazas. Cuatrocientos temas. Cuestión de memoria, con el riesgo de quedar atrapado en un bucle; años y años dando vueltas al temario. Si no apruebas te conviertes en un juez expósito: sin juzgado.

Nunca he conseguido concentrarme en una biblioteca pública. Manías de opositor. Mis apuros empezaban cuando volvían mis hermanos del instituto o de la universidad. Los fines de semana mis hermanas se arreglaban para salir. El ruido del secador de pelo. Yo, de espaldas, estudiaba. Si podía me cambiaba de habitación.

De lunes a viernes, a media mañana, bajaba a un colmado de la calle Rosellón y me compraba un donut. Necesitaba azúcar. Desde que aprobé la oposición, hace casi treinta años, no he vuelto a comer ninguno.

El último mes antes del primer examen está borroso. Estudiaba más de diez horas diarias. No podía dormir, mi mente reproducía una y otra vez los temas en su mismo orden y maquetado.

El examen, oral, fue en una sala de vistas del Tribunal Supremo, ante un tribunal formado por hombres mayores. Cinco minutos antes de entrar se me cayó un cristal de las gafas. Le pedí a una conserje papel celo (fixo) para pegarlo. Como estaba muy nerviosa no lo conseguí, así que me lo pegó ella. Lo hizo tan bien que ninguno se dio cuenta. Salí y tocó esperar los resultados. Éramos un grupo de cinco o seis opositoras, todas chicas. Una andaluza, otra de Ponferrada, yo de Barcelona…

La conserje que me había ayudado con las gafas vino con la lista y la clavó en el tablón de anuncios. Me abracé con la de Ponferrada. Las dos habíamos aprobado el primer examen, el más difícil, pero faltaba el segundo, un caso práctico por escrito. Esos resultados tardaron varias semanas en salir. No había Internet y recuerdo que llamaba cada día al tribunal para preguntar.

Fui en persona a ver las listas, estaba en Madrid ese verano. Volví a aprobar. Me senté sola en un banco que había enfrente de aquel tablón de anuncios y esperé a que pasara alguien. Nadie. Salí y llamé a mi casa desde una cabina. Mi madre se había ido al mercado. Acabé deambulando sola por Madrid y pensé que ya no tendría que estudiar nunca más.

Por Isabel Olmos Magistrada del Tribunal Superior de Xustiza de Galicia

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