Cataluña, situación angustiosa


La actual situación en Cataluña es, para los mismos catalanes, preocupante a la vez que angustiosa, y en concreto en la ciudad de Barcelona. Durante muchos años, Barcelona se ha ido labrando un prestigio como urbe, proyectándose al mundo con mayor fuerza gracias a la celebración en 1992 de los Juegos Olímpicos. Hoy, Barcelona sigue viviendo de los réditos de la imagen de aquella ciudad mediterránea, abierta, plural, cosmopolita, caracterizada por su excelente clima, por unas infraestructuras excepcionales, por la calidad de unos servicios singulares y envuelta en ese hechizo gitano que el inolvidable Peret cantaba con motivo precisamente de aquellos Juegos de 1992 que se despedían con un mensaje diáfano, en la voz de Josep Carreras y Sarah Brightman: amigos para siempre.

Cada cual está en el legítimo derecho de pensar como quiera y es absolutamente libre en cuanto a su ideario político. Y a buen seguro que la mayoría de la población reprocha con contundencia las revueltas e incidentes que están sucediendo en tierras catalanas y en suelo barcelonés. Sin embargo, el perjuicio económico que esos altercados provocan para Barcelona y Cataluña no solo son de efectos inmediatos, es decir, cancelaciones de viajes hacia ese destino, huida de turistas, plazas hoteleras vacías, restaurantes vacíos, tiendas y comercios en las principales arterias de la Ciudad Condal obligadas a cerrar o sin clientes que las visiten, anulaciones de convenciones y reuniones empresariales, o incluso recomendaciones de embajadas y consulados para que sus ciudadanos se abstengan de pisar Barcelona; sino, y esto es lo peor, de consecuencias graves para el futuro más inmediato y a largo plazo.

El peliagudo paisaje que se contempla, las imágenes que se emiten hacia todo el orbe resaltando la violencia de parte de la muchedumbre, las lógicas respuestas de los cuerpos de seguridad del Estado en aras de que se mantenga el orden y que los principales núcleos que posibilitan los desplazamientos, como aeropuerto y estaciones de ferrocarril, autopistas y carreteras, estén despejados y la normalidad de la vida cotidiana continúe con su pulso causa un daño que costará mucho remediar desde la perspectiva económica.

El traslado de empresas o, mejor dicho, de domicilios sociales en su día, irá dando paso, por desgracia, a una migración efectiva de sedes empresariales y centros operativos hacia otros lugares. Barcelona se está evitando ya como punto de encuentro de eventos, congresos, meetings, reuniones, jornadas… Quiere eso decir que el sector turístico, tanto en la hostelería como en la restauración, se resienten, pero, a su vez, toda una suerte de servicios e industrias auxiliares quedan menoscabados.

Se frena así el gasto actual, se impide de ese modo el gasto futuro que daría vida a Barcelona, se hace palpable que la inversión empresarial, tanto la lugareña como la foránea, soslayará la segunda gran ciudad de España como destino.

Si a la gravedad de esos hechos se añaden los angustiosos índices delictivos y de criminalidad que se vienen multiplicando durante los últimos meses, todo el prestigio y el renombre alcanzado por Barcelona a base de muchos años, de tamaños empeños, de la firme voluntad de los barceloneses, del tesón de sus políticos de antaño, se está simplemente tirando por la borda.

Es el momento no solo de la reflexión sino de detener ese estropicio del que finalmente seremos los propios catalanes, más allá de la ideología de cada cual, los grandes damnificados.

Por José Mª Gay de Liébana Profesor titular de Economía Financiera y Contabilidad de la Universidad de Barcelona. Analista y escritor

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