Arde Cataluña y Nerón toca la lira


Como si quisieran llevar la contraria a los siete jueces del Tribunal Supremo que acaban de dejar escrito en una sentencia que durante el procés se produjeron actos de violencia, pero estos no tuvieron la entidad suficiente para que los hechos juzgados sean considerados un delito de rebelión, los líderes independentistas están cruzando todas las barreras democráticas para que en un futuro juicio por la repetición de hechos similares la Justicia cambie de criterio. El presidente de la Generalitat, Joaquim Torra, ha llegado mucho más lejos en su apoyo a la violencia y en la incitación a que esta se produzca de lo que lo hizo nunca Oriol Junqueras, condenado a trece años de prisión. Primero, apoyó explícitamente a unos miembros de los CDR detenidos por un presunto delito de terrorismo y en poder de explosivos. Esa situación aberrante en la que el máximo representante del Estado en Cataluña apoya a unos presuntos terroristas ha ido a peor tras la sentencia, dando lugar a unos hechos gravísimos que merecen una respuesta firme y rápida por parte del Estado.

El propio Torra pidió públicamente una «movilización masiva» contra la sentencia de un tribunal de justicia, sabiendo que se podrían generar actos de violencia. Cuando esta se produce, el presidente catalán, que utiliza a las masas como carne de cañón para sus fines, envía a los Mossos a reprimir unas protestas que él mismo ha alentado. Y, ya en el colmo del delirio, una vez que los radicales intentan tomar el control de una infraestructura crítica como el aeropuerto de El Prat, Torra les da públicamente las gracias por ello. Y luego, la Generalitat expresa su «empatía» con las «acciones contundentes» de quienes atacan a policías, inicia una investigación contra los Mossos que evitaron una situación peligrosa para la seguridad nacional y cuestiona al máximo responsable de la policía autonómica.

Con esas muestras de apoyo a quienes ejercen la violencia, y de crítica y desautorización las fuerzas del orden que tratan de impedirla, lo extraordinario es que en Cataluña no se haya producido todavía una desgracia irreparable. Es imprescindible actuar cuanto antes para impedir que Torra siga alentado la violencia y, como Nerón, toque la lira mientras arde Cataluña. Hay que impedir que los Mossos sigan a las órdenes de quien defiende a aquellos que los apalean. Y también, por supuesto, poner fin de una vez a dos falacias. La primera, la de que el independentismo es un movimiento pacifista, porque escucharles citar a Gandhi produce una mezcla de vergüenza ajena y repugnancia. La segunda, la de que hay que dialogar con Torra y Puigdemont para solucionar el conflicto. ¿«Qué diálogo se puede establecer con un irresponsable que alienta a quienes colapsan un aeropuerto y no condena los ataques a la policía o con un racista que considera a los españoles «bestias con forma humana?». La prioridad es restablecer el orden en Cataluña. Y el Gobierno no puede dejarse intimidar jamás, y mucho menos negociar nada, con quienes alientan a los violentos con la intención de presionar al Estado para revertir una sentencia.

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