Torra no quiere ir a Lledoners, pero no le importa que vayan los demás

OPINIÓN

ALBERT GEA | REUTERS

15 oct 2019 . Actualizado a las 14:57 h.

Quim Torra es mucho más listo que su predecesor Carles Puigdemont. Acostumbrado a ser el último de la fila, casi un apestado por su querencia hacia el grupo de estética filonazi e ideas extremistas del Moviment Identitari Catalá, ha encontrado en la obediencia al huido una manera de reivindicarse y convertirse en un icono de la revolución del pícnic con la que los partidos secesionistas pretendían romper la Constitución española.

Torra, antiguo editor y escritor, maneja perfectamente las claves de la metáfora. Sabe calentar la calle sin sobrepasar la línea que le siente en un juzgado. La valentía ante los micrófonos se vuelve mansedumbre ante los jueces. El valiente líder independentista que se reúne con los aprendices de borrokillas de los CDR y les dice «apretad, apretad» para estimular las ansias de pelea de un grupúsculo que ya fabricaba sus bombas caseras, es el mismo que arría de la fachada de la Generalitat las pancartas de apoyo a los políticos presos en Lledoners tras amagar con sostener el pulso al Tribunal Superior que ahora le espera para juzgarle por desobediencia.

El presidente de la Generalitat ha hecho del doble discurso una forma de vida. La reacción a la sentencia del Supremo no ha sido más que el enésimo ejemplo de esa polivalencia discursiva. Por la mañana, en el Palau de la Generalitat, escoltado por su Govern, mano tendida al diálogo y reproches de corte político, cartas al rey y a Pedro Sánchez y un llamamiento a la UE y a la comunidad internacional para luchar contra el Estado español, ese que, según él, no respeta las libertades de gente como él que solo quieren vulnerar su ordenamiento jurídico. Eso sí, ni un llamamiento al a desobediencia civil ni a la insurrección popular con la que tanto se le llenaba la boca en los discursos previos a la resolución. Y unas pocas horas más tarde, un tuit agradeciendo a los manifestantes que salieran a la calle, sin una sola alusión a los incidentes ni a los destrozos ni a los cortes de carreteras y transportes que alteraron la vida diaria de los miles de catalanes no independentistas que solo quieren trabajar para pagar sus facturas sin ensoñaciones sobre un Valhalla feliz al otro lado del Ebro.