El agujero negro del Fortnite se come la sentencia


Los futuros votantes están a otra cosa. Los cambios de generación arreglan los disparates. Los hijos pequeños de los indepes están al Fortnite. Los hijos mayores todavía se manifiestan por sus padres, las condenas y así. Pero los pequeños no lo harán. Ellos están agobiados hoy en las madrasas de Cataluña, por mucho que les inculquen el ‘España nos roba’ (Espanya ens roba), solo por el agujero negro que apagó el Fortnite, el videojuego en el que se dejan las pestañas desde hace tiempo. Exactamente igual que los niños andaluces, que los gallegos, que los asturianos, que los leoneses, que los vascos (a pesar de las ikastolas), que los navarros (a pesar de las ikastolas que los van a invadir con el nuevo Gobierno que tienen), que los maños y que los chinos. Aunque sus papás paguen con el dinero de las embajadas de pega los videojuegos -el nacionalismo es sobre todo un negocio fabuloso para los de la causa-, los chavales entraron anoche en crisis porque la isla de pronto, en lo que parece una efectiva maniobra mega publicitaria, desapareció y en millones de pantallas se quedó un brillante azul como boca de un agujero negro. Ni senyeras ni otros trapos de colores. Los chavales catalanes están hoy desquiciados porque no pueden seguir la partida en su isla nacionalista favorita, que no tiene nada que ver con la que soñaban sus padres. Así fue que la asistencia pinchó en las últimas manifas. Fue porque los pequeños ya no iban con sus hermanos más crecidos. La pantomima de Puigdemont no movilizará el voto de estos críos globales cuando crezcan. Tiene gracia que casi haya coincidido el presunto final del Fortnite con la sentencia más esperada. El Supremo no se atrevió con rebelión y lo dejó en una tibia sedición que no satisface a nadie del todo. Muy español y muy catalán, que es lo mismo. La ultraderecha pide más. Y los independentistas, menos. Tenemos que aguantar el tirón de la reacción. Y en Cataluña pasará como en el País Vasco. El asunto se resolvió cuando los terroristas tuvieron hijos. Y los hijos no quisieron pisar más sangre. Ahora los niños vascos, como los catalanes, solo piensan en el Fortnite, y cuando unos y otros se hagan mayores votarán, si votan, muy distinto que sus padres. Son chavales globales, cuyo nacionalismo es ensimismarse en las pantallas. Solo insultan y se irritan por el juego. No les hablen de otras butifarras que no les harán caso. Los niños Pau y Pep están preocupados por el agujero negro del videojuego de moda y haciendo de Messi con el nuevo Fifa, que acaba de salir, para pasar el mono del Fortnite, aunque sus padres estén unos días más en esa cárcel, donde viven mejor que en cualquier andamio de este país.

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