Y después de los restos de Franco, ¿qué?


Si nada vuelve a impedirlo, antes del próximo 25 de octubre, los restos del dictador Francisco Franco habrán sido exhumados de su tumba en Cuelgamuros e inhumados nuevamente no muy lejos de allí, en el cementerio de El Pardo-Mingorrubio. 

Se habrá consumado así una promesa política que, como aspiración social, nació realmente cuando la formularon quienes al fin la han ejecutado. Pues la verdad es que, hasta ese momento, a casi nadie le importaba donde estuviera enterrado quien había fallecido hacía casi medio siglo y se había sublevado contra la II República hacía casi un siglo.

Pero, ¡calma!, conténgase la jauría insultadora de los emboscados en la Red. Yo también creo que, aunque preocupase a pocos, suponía una vergüenza histórica que los restos de miles de víctimas de la Guerra Civil estuviesen sepultados junto a los de uno de sus principales victimarios. Mi discrepancia con la gran operación política de «sacar a Franco del Valle de los Caídos» tiene otro motivo: lo que exigía la Justicia no era exhumar los restos de Franco de su mausoleo colosal -que seguirá siendo, hágase lo que se haga con él, un tan excesivo como aborrecible monumento al dictador y a su régimen odioso- sino haber desenterrado los restos de los miles de soldados de ambos bandos (serlo de uno u otro resultó, en la mayor parte de los casos, cuestión de geografía y no de ideología) que allí fueron enterrados contra su voluntad. Pero, como el objetivo de la citada operación no era hacer justicia sino obtener réditos políticos, se optó por lo más fácil, aunque fuera también lo más absurdo.

Tras ello, la pregunta que queda en al aire -y que encabeza esta columna- recuerda a la que en 1965 dio título a un libro de Carillo, que era su informe al VII Congreso del PCE (Después de Franco, ¿qué?), y, cuatro años antes, a un artículo de Ridruejo en el periódico The Atlantic (After Franco, what?). Según recordaba ese episodio en el 2015 el gran historiador Santos Juliá, fueron entonces dos personas que habían combatido en bandos opuestos en la Guerra, un comunista y un antiguo fascista, los que llegaron por separado a la conclusión de que, muerto Franco, cualquier salida civilizada para España pasaría por una clausura de la contienda de 1936 y por lo que el PCE llamó la reconciliación nacional.

Así lo aceptaron los españoles que habían sufrido los horrores de la Guerra, y los de la subsiguiente dictadura, sellando un pacto tácito de no echar mano del pasado para resolver las batallas, ya democráticas, que le esperaban a un país que tenía muy viva la memoria de lo que había sucedido y no debía volver a acontecer. Curiosamente ha sido esa palabra, la memoria, la que han manoseado hasta la náusea los hijos y los nietos de quienes optaron por la reconciliación, dando por su cuenta, y riesgo de todos, marcha atrás en un proceso histórico que creíamos cerrado y que, para nuestra desgracia, se ha vuelto a abrir de par en par.

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