Bendición y censura de la redundancia


Quizá es el lector uno de aquellos estudiantes que alguna vez fueron censurados por sus profesores o por sus padres por decir cosas tan inocentes como «Subió arriba» o «¿A qué juego quieres jugar?». Tradicionalmente se ha visto un vicio del idioma en la redundancia. Es esta la repetición de información contenida en un mensaje. Muchas veces es innecesaria para la correcta comprensión de lo que se dice o se escribe, otras se emplea como figura retórica con fines expresivos o estéticos, y algunas más forma parte de estructuras del idioma muy asentadas.

El problema radica en saber qué redundancias son rechazables y cuáles son útiles e incluso merecen nuestra bendición. Y eso va a depender del criterio de cada uno, pues no hay una gramática que nos lo indique. Las dudas en esto son tantas que aparecen entre las planteadas con más frecuencia al servicio de consultas de la Academia Española. Este las responde puntualmente comentando cada caso y añade sistemáticamente esta coletilla, a veces con ligeras variaciones: «La redundancia es un fenómeno natural en la lengua, que responde la mayoría de las veces a razones de refuerzo expresivo que no cabe censurar».

Una de estas respuestas puede ilustrar la subjetividad con que se perciben las redundancias. Ante un anuncio de la compañía Avianca que ofrecía «vuelos aéreos hacia Villavicencio», el autor de la respuesta señalaba que «Es una redundancia innecesaria, que no aporta expresividad. Bastaba con decir vuelos». Lo cual contrasta con el ejemplo del artículo del Diccionario del estudiante sobre el pleonasmo: «Figura retórica que consiste en emplear palabras innecesarias para la comprensión, pero que aportan expresividad. La expresión volar por el aire es un pleonasmo».

El pleonasmo suele ser entendido como la redundancia en la que las palabras excesivas aportan expresividad, como en ¡Cállate la boca! o en escrito de su puño y letra. No dejan de ser redundancias, pero tan admisibles como el «Cuando, Señor, nos besas con tu beso que nos quita el aliento», de Unamuno, o el «Temprano madrugó la madrugada, temprano está rodando por el suelo», de Miguel Hernández.

Y es que hay redundancias y redundancias.

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