Sexo virtual


Han pasado ya once años desde que Nacho de la Fuente y yo lanzamos desde nuestros blogs una campaña conjunta contra la pornografía infantil en Internet. Tuvo un cierto eco, incluso en otros países, pero ninguna eficacia: desde entonces, el número de detenidos por este delito ha crecido tanto que casi no es noticia, y los contenidos de pornografía infantil en las redes se han multiplicado en una proporción todavía mayor, disparatada. The New York Times publicó esta semana un estudio muy concienzudo, que incluye buenos gráficos: hace 20 años, dicen, era un problema; desde hace 10, una epidemia y ahora estamos ante una crisis alarmante.

En 1998 se comunicaron en aquel país -no sé si en forma de denuncia- 3.000 casos de imágenes pornográficas en las que se abusaba de niños. En el 2008 ya alcanzaban los 100.000, que se convirtieron en un millón en el 2014 y en 18,4 millones el año pasado, e incluían referencias a más de 45 millones de fotos y vídeos. Esta locura, por supuesto, parece una nimiedad si se la compara con los cien millones de visitas diarias que recibe alguna página de porno para adultos que, como es obvio, está disponible también para los menores. Y la usan.

La pornografía infantil, con razón, nos escandaliza más que la otra. Pero quizá la otra produce buena parte de los consumidores que disfrutan con la explotación sexual de niños de dos o tres años. El adicto a la pornografía o se harta o termina buscando siempre algo más fuerte, como ocurre con cualquier adicción. Y a veces, incluso intenta convertir en real lo virtual: creciente violencia machista entre los más jóvenes, aumento del número de violaciones, síntomas todos de una gravísima crisis cultural.

@pacosanchez

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