Yo ya puedo vivir sin tele


No es una frase hecha ni un horizonte por cumplir, sino la confirmación de que hemos iniciado otra época. Hace unos años me llegan a decir que a lo largo de un mes no iba a encender la televisión y me habría visualizado en un mal sueño, en una película de ciencia ficción. Pero el Armagedón televisivo ha llegado en el 2019. Treinta días seguidos sin encender ese aparato y ni un ápice de molestia, ni rastro de ansiedad ni agobio; he pasado el trance sin mono alguno y con la certeza de que ya no hay vuelta atrás. Se acabó una era. He visto, por supuesto, todas las series que me han interesado en otros soportes, he conocido la última hora de los cotilleos televisivos por otras vías, pero en treinta días no ha sido necesario pulsar el botón del mando a distancia. Como si el rosco final de Pasapalabra hubiera engullido todo un mundo de golpe en la misma semana. Después de un mes, mi casa se mantiene conectada en ese individualismo en el que cada cual tiene su dispositivo y no cede apenas espacio al otro. La vida del salón es silenciosa, para no molestarnos andamos con los auriculares puestos y somos otro tipo de zombis tecnonológicos. Hay unos youtubers que les hablan a mis hijos, pero de un plumazo se han ido Pablo Motos, Bertín, Sálvame, GH VIP o El Intermedio. Ni rastro. Esa televisión en la que cabíamos todos se ha muerto.

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