Trump, de barbaridad en barbaridad


Hace un par de semanas escuché en una comida familiar: «Si yo fuera americano, votaría a Trump». Ante el respingo de los que lo escuchaban, el autor de la frase insistió: «Si yo fuera americano, no europeo». Y lo explicó. La tasa de paro está por debajo del 4 % y el Dow Jones ha subido un 40 % desde que el republicano ganó las elecciones. Bajo el mandato de Donald Trump los estadounidenses tienen más empleo, aunque los salarios no acaban de despegar, y su ahorro crece como la espuma. En la cuna del capitalismo, no se puede pedir más.

Pero más allá de esta prosperidad -que seguramente contribuirá a que gane las elecciones del 2020, pero de la que viene disfrutando el país desde el 2009-, Trump es un político inconcebible hace apenas diez años, un hombre que ha llevado lo políticamente incorrecto al extremo, un ejemplo que ha dado alas a gente como Bolsonaro y Salvini y un modelo que puede ser malinterpretado por muchos ciudadanos.

Trump es un misógino -«las mujeres son gordas, feas y muy perras, sin duda son animales muy desagradables»-, un racista -«los inmigrantes mexicanos son unos violadores y algunos, asumo, son buenas personas»-, no tiene ningún respeto por los derechos humanos -«restablecería el ahogamiento simulado para los sospechosos de terrorismo»-, el cambio climático para él no existe -«el calentamiento global es un invento creado por China para que la economía estadounidense no sea competitiva»- y su visión de los conflictos internacionales es un tanto peculiar ­­­-«el ISIS honra al presidente Obama, él es el fundador del ISIS»-.

Pero no se trata únicamente de palabras. Ayer supimos que el presidente americano quiso pasar a los hechos en su guerra a los inmigrantes -propuso disparar a los ilegales a las piernas y rodear el muro con México con un foso lleno de caimanes y serpientes-, pero es especialmente dramático cuando inspira a algún ciudadano para que coja un arma y se líe a tiros en El Paso, como ocurrió en agosto. Porque después de todo Trump tiene unos asesores que, llegado el momento, ponen freno al desnorte del presidente. Y el americano medio tiene armas, pero no quien le ponga límites.

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