Creedme


Afuera llueve. El sonido mojado del tráfico se convierte en una constante acogedora, como la música con la que se mezcla y sabe un poco a esa galleta mojada en colacao de la infancia. Con la cabeza ladeada, ella lee, mientras a su lado se enfría un bocadillo a medio mordisquear. La calidez inunda una escena cotidiana de que de pronto se vuelve espeluznante. El sonido de la cucharilla golpeando la mesa sobresalta. Y su mirada. La de quien mira una presa. ¿Qué vida se esconde detrás de unos ojos de semejante crudeza? Podría ser cualquiera. Padre, tío, hermano, seguro que hijo. Reputado profesional o bala perdida, camionero y directivo, el farmacéutico o el panadero. El que amablemente te cede el paso en el metro o el estúpido que no ha parado en el paso de cebra. Normal. Cualquiera. Pero hoy, ahora, en este lugar cálido que te hiela, te mira con esa mirada que a todas nos ha mirado y que nos obliga a bajar la mirada. Y las mira a ellas, que cantarinas vienen a recoger la cena. No, no quiero llevarme lo que me sobra de la hamburguesa. Se levanta, y al pagar, enseña la placa y la pistola. Entonces, solo entonces, se apaga. El cazador audaz, que se caga. Y una escena nos resume a todas y en una escena todas quedamos amparadas. Creedme. No creí que una serie sobre la violación podría hacerme sentir aliviada. Porque en el horror grita: Creednos de una vez. Que ya va siendo hora.

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