Insultos de y para políticos


E l intercambio público de mensajes entre los dirigentes políticos debería estar enfocado, se supone, al contraste de pareceres y a la búsqueda de acuerdos que permitan solucionar los problemas de la ciudadanía. Sin embargo, la mayoría están trufados de insultos destinados a crispar al adversario y a sus seguidores y a enardecer a la bancada propia.

A juzgar por la panoplia de armas arrojadizas que emplean, nuestros héroes no han leído el Manual de insultos para políticos, de Pancracio Celdrán, repleto de ideas para los nobles fines de los padres de la patria. ¿No sería más eficaz llamar, por ejemplo, culiparlante a un diputado del grupo contrario que tacharlo de traidor, cuando es evidente que no le son aplicables los artículos 581 a 585 del Código Penal? Al fin y al cabo, desde las Cortes de Cádiz de 1812, el culiparlante es el parlamentario cuya única tarea era antes levantarse o quedarse sentado en las votaciones, y hoy, pulsar un botón. Y de estos hay unos cuantos.

Dentro del nivel del que hacen gala nuestros líderes, raya en la elegancia tachar de banda a los que se considera aliados del rival al que se ataca. Hacerlo veinte veces en una sola intervención en el Congreso revela premeditación y poca confianza en lograr atraer la atención de la Cámara por medios más discretos. No debe extrañarle al autor que el portavoz de uno de esos pretendidos aliados lo sitúe después a él entre los «carceleros del 155», expresión que suponemos muy celebrada en alguna circunscripción. A una intervención exagerada de otro le llega la respuesta del extremo contrario: «Tú sí que estás enfermo. Eres una mentira con patas. No sirves ni para difamar, caricato».

Pero pocos epítetos tan contundentes, quizá por breve y eufónico, como felón. Tiene, además, el valor añadido de que quienes ignoran lo que significa echan a volar la imaginación y pueden acabar pensando que el aludido es autor de los vicios más execrables. ¡Un hallazgo! Aunque ya puestos a insultarse, cualquier día alguno descubre la eficacia de las rimas y toma prestadas estas de un ingenioso bloguero: «Eres rucio sin aliño, / tramoyero y boquicerdo, / eres perito de tonto / y catecúmeno de lerdo».

Ahíto, un servidor pediría a los contendientes una pausa reparadora -sobre todo para quienes los oyen- y que la aprovechasen para explicar qué piensan hacer con las pensiones. Gracias.

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