Meghan y su baile en África


Es poner un pie en África y a los duques, a los príncipes y a los reyes se les mete el ritmo en el cuerpo. Solo hay que ver las últimas imágenes de Meghan y Harry dándolo todo en Nyanga para confirmar que de pronto les sube una alegría loca por las caderas que los proyecta como unos señores simpatiquísimos que derrochan alegría en ese ambiente tan exótico. No dudo que el protocolo africano contemple agasajar a los visitantes extranjeros con la energía brutal de sus danzas, pero vista la escena con los ojos del siglo XXI, da bastante repelús que a estas alturas las buenas formas se traduzcan en esa foto fija. Los reyes, los príncipes y los duques europeos se sueltan la melena en un folclor que, desde luego, impone un choque de color que en lugar de transmitir buena sintonía en el fondo se traduce en una imagen mucho más rancia. Ver a Meghan y a Harry bailando a lo indígena (o a Kate y a Guillermo) o a cualquiera que forme parte de esa estirpe produce el sonrojo de la vergüenza ajena. Como si uno no pudiese llegar a la África del siglo XXI, con toda la fuerza de un futuro arrollador, con toda la tecnología punta funcionando, de otro modo que con un baile ancestral. Con toda esa carga de colonialismo que apesta. Los reyes blancos bailando tan felices la danza de esos pobres negros tan simpáticos. Esa alegría da noxo.  

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Meghan y su baile en África