Partido a partido: Ciudadanos


Aunque la fundación de Ciudadanos (Cs) se remonta al 2006, apenas tuvo relevancia hasta el 2015, cuando el fraccionamiento de la estructura de partidos, la deslegitimación de la Transición y el conflicto independentista le ofrecieron la ocasión de dar el salto a la política nacional, y proponerse como una alternativa ética, liberal y modernizadora al PP. Los teóricos de esta oportunidad -abonada con los fichajes de Garicano, Nart y De Carreras- daban por supuesto que, reblandecido el bipartidismo, y destrozada la condición de bisagra que había monopolizado CiU, se hacía imprescindible un partido liberal que, metido entre el PP y el PSOE, debía convertirse, con 20 o 30 diputados, en el centro del sistema y de la gobernabilidad del Estado.

El plan era tan perfecto, y tenía razones tan poderosas, que tuvo éxito pleno en sus principales objetivos. Primero, creció como la espuma; gozó del beneficio de los tertulianos más yuppies; superó al Podemos que quería asaltar los cielos; se implantó en los niveles autonómico y local; ganó unas elecciones en la Cataluña del procés; y, con personajes como Inés Arrimadas, se convirtió en el paradigma de las nuevas clases políticas que todos querían imitar. Y segundo, más milagroso aún, culminó todas sus expectativas en las elecciones del 28A, al convertirse en el partido bisagra que, con 57 diputados, podía darle la mayoría absoluta al PSOE, y situarse como árbitro de todos los poderes.

Pero el diablo, que no duerme, aprovechó la moción de censura del 2018 para romper el saco de ambiciones del voluble Rivera, y para convencerlo de que el control del centro liberal era muy poco para el este Talleyrand barcelonés. Y para eso le hizo creer que la conjunción astral entre un Sánchez embarrado por la mayoría Frankenstein, y un Casado cargado con las mochilas de la caída de Rajoy y las tardías rebabas de la corrupción, eran su oportunidad para -cuando se produjese el inexorable hundimiento del sanchismo- gobernar España.

Y ahí perdió la brújula. Porque, emulando el asalto a los cielos de Iglesias, trazó un cordón sanitario alrededor del PSOE; adelantó al PP, por la derecha, en todo lo referido a Cataluña; coqueteó con el populismo económico en temas tan sensibles como las pensiones y los autónomos; pasó de patriota a españolero; sacrificó a Arrimadas; se alejó de los que le habían proporcionado un caché inmerecido, y se proclamó jefe de una oposición que no le correspondía. Hasta que todo lo que parecía fortaleza, inteligencia y sagacidad empezó a derrumbarse como un castillo de naipes.

El Rivera de hoy apenas es una sombra de lo que quiso ser y en cierta medida fue. Y la única oportunidad que le queda es aprovechar estas elecciones para reconvertirse en la bisagra que pudo ser, y pactar con el PSOE. Pero ahora tiene dos enormes inconvenientes: que todo lo que hace resulta incongruente con todo lo que hizo; y que es posible que la suma del 28A ya no vuelva a repetirse. Porque «hojas del árbol caídas, juguetes del viento son».

Los otros análisis de cara al 10n de Xosé Luís Barreiro Rivas

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