Aladino y la corrección maravillosa

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

CARLOS OSORIO | REUTERS

22 sep 2019 . Actualizado a las 14:03 h.

Según se veía venir desde hace tiempo, la corrección política ha acabado haciendo estragos. Origen de una genuina revolución neopuritana, la tiránica (y caprichosa) frontera entre lo correcto y lo incorrecto amenaza con arrasar conquistas sociales que nos parecían intocables: entre ellas, la libertad de expresión en su más amplio contenido.

Dos casos recientes, acontecidos en países donde la corrección política es ya una auténtica epidemia (Canadá y Estados Unidos) ponen de relieve lo que a no mucho tardar puede caérsenos encima en lugares donde no somos aun conscientes de su dimensión autoritaria.

A Justin Trudeau, primer ministro canadiense, se le ocurrió hace 18 años, cuando tenía 29, asistir a una fiesta disfrazado de Aladino, y se pintó la cara de negro, hay que suponer que con la única intención de darle más verismo al personaje de Las mil y una noches. Ahora, casi dos décadas después, ve amenazada su reelección por acusaciones de racismo, contra las que no le ha servido de nada haber sido un defensor del multiculturalismo que caracteriza la vida política y social de Canadá. Pero, en lugar de reaccionar contra el puritanismo de los que consideran enemigos de su raza (o de su sexo, o de sus preferencias sexuales) a todos los que no se someten a sus ucases, Trudeau ha bajado la cabeza y, como las víctimas de la Inquisición, ha implorado perdón por sus supuestas ofensas: «Pido disculpas a los canadienses por lo que hice. No debí haberlo hecho y asumo la responsabilidad». Así es como la corrección política avanza a paso de gigante.