Hasta cuándo el horror


Sucedió cuando los niños se iban al colegio. El asesino disparó y mató. Luego no tuvo ni siquiera el coraje de suicidarse. La mayoría de estos canallas no lo tienen. Son ratas que escapan a la mínima fuga de agua de cualquier barco. Ahora lo instalaremos cómodamente en una cárcel, con su ansia de reeducar y reinsertar. Pero es imposible. Los maltratadores, los asesinos de mujeres y niños, los violadores no se reinsertan nunca. Por eso más de una vez he solicitado la prisión permanente revisable para todos ellos. Sé que no es políticamente correcto pedirlo, y sé también que nada soluciona la prisión perpetua revisable. Pero sí nos salva de ellos. Los mantenemos lejos. Quizá usted piense que esta es la opinión vehemente, y en caliente, de un escritor que siempre se ha confesado feminista. Lo soy, pero no por ello están sin razón mis argumentos. Es la experiencia la que lo dicta. No se puede ser feminista y pensar que la prisión permanente revisable no es necesaria. Díganme pues qué se hará con el asesino de Valga. ¿Podrá caminar de nuevo por las calles en diez o quince años? ¿Se habrá reeducado en prisión? Prefiero otras preguntas: ¿qué sería de las vidas de tres mujeres si un canalla no las hubiese tronzado? ¿Y sus hijos?

Ahora toca lo de siempre: el lamento. Afirmar que es un compromiso político y social luchar contra la violencia de género y bla, bla, bla. Pero en el fondo no se hace nada. Porque es la educación, solo la educación, la que puede cambiar esto. Los valores en los que no insistimos, los que olvidamos. Hablamos de solidaridad, igualdad, empoderamiento, tolerancia... pero no hablamos de disciplina, familia, y mucho menos de ternura o de vida.

Estamos construyendo una sociedad que crece, a pesar de lo que pueda parecer, en contra del humanismo. Ya ni sabemos lo que es respetar al otro. Ya no sabemos si es más importante la vida de un hombre o la de un gato. Una sociedad donde todo se relativiza sin sentido alguno.

Valga nos ha devuelto al horror en medio de septiembre, cuando el otoño ya acaricia las laderas y los ocasos. Pena que el amanecer del día dieciséis no sea verde. Es negro, como el luto.

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