Llandoger Trow


Más clásicos de la literatura han nacido en bares que en bibliotecas. Uno de ellos es el Robinson Crusoe de Daniel Defoe, del cual se ha cumplido este año su tercer centenario. Para esta gran epopeya del bricolaje, Defoe se inspiró en un caso real, el de Alexander Selkirk, que no fue realmente un náufrago porque se bajó del barco voluntariamente en las islas del Pacífico Sur, pero que se pasó allí cuatro años en soledad, contando los días, inventando cosas y ordeñando cabras. Selkirk se lo contó todo a Defoe una noche en el Llandoger Trow, un pub de Bristol, mientras el escritor, que era además periodista y espía, tomaba notas frenéticamente con el cálamo, envuelto en humo de tabaco de Virginia. Y ahora me entero de que, tan solo unos días después del aniversario de esta novela inmortal, han cerrado ese mismo Llandoger Trow de Bristol, donde una vez me tomé una cerveza de joven mientras admiraba el fabuloso techo de escayola y el hogar jacobino en el que había ardido confortablemente la leña de roble durante tres siglos.

Así es: más clásicos de la literatura han nacido en bares que en bibliotecas. En el Llandoger Trow no solo se gestó el Robinson Crusoe. También se dice que R. L. Stevenson se inspiró en este pub para imaginar la posada del Almirante Benbow de La Isla del Tesoro, que es donde tiene lugar esa terrorífica escena en la que un mendigo ciego le entrega a Billy Bones el papel con el fatídico círculo negro que, entre los piratas, anuncia la condena a muerte -o eso se inventó Stevenson. En todo caso, en el Llandoger Trow se abrevaron los verdaderos piratas de esta ciudad pecadora de ron, esclavismo y delincuencia en alta mar. Se asegura incluso que el famoso Barbanegra se emborrachaba allí. Aunque, si esto es cierto, se trataba de un bebedor muy precoz, porque Barbanegra, que efectivamente era de Bristol, se marchó a Jamaica siendo niño. Pero es igual. Verdad y ficción convivían en el Llandoger Trow, que a menudo estaba lleno de actores moviendo los labios en silencio, intentando memorizar fragmentos de William Shakespeare -un poco más arriba en la calle se encuentra el teatro de la compañía del Bristol Old Vic. Por no hablar de los fantasmas. En mi diccionario de pubs británicos se dice que en este hay hasta quince de ellos registrados, desde uno que tocó el hombro a un camarero y le dejó la piel marcada con una quemadura, hasta el espectro de un niño con muletas cuyos pasos se sienten a veces, provenientes del piso de arriba.

El caso es que cierra el Llandoger Trow de Bristol, y ya está. Se puede decir que, como al Billy Bones de La Isla del Tesoro, le han puesto en la mano el papel con el círculo negro. No se sabe que harán con su hermoso empaque de madera blanca y negra, uno de los últimos ejemplos de arquitectura isabelina que le quedaban a Bristol. Sobrevivió a una bomba de la Luftwaffe, pero no está claro que sobreviva a esta lenta muerte de la tradición del pub inglés, acosado por las nuevas formas de sed y de entretenimiento. Pronostico que se convertirá en un bar de tacos, un salón de uñas o una tienda de ropa, que son las clases de muerte que más rondan a los edificios históricos. Sólo cabe esperar que a los quince fantasmas censados se unan ahora los de los clientes más recalcitrantes, y se les oiga por las noches reclamando su pinta, a golpes con su jarra la mesa. Y que, en una esquina, a veces, se escuche la voz de un marinero con acento escocés que le cuenta su historia a un escritor: «Yo me llamo Alexander Selkirk, y viví en soledad cuatro años en el archipiélago de Juan Fernández…»

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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