Puñetero desgobierno


La Voz

La expresión «Gobierno en funciones» tiene un significado institucional muy concreto, por lo que solo debería utilizarse para referirse a la condición en la que operan el presidente y el Consejo de Ministros mientras se desarrollan, con plena normalidad jurídica y política, los procedimientos establecidos para poner en marcha una nueva legislatura. Pero no deberíamos caer en la trampa de este lenguaje cuando, superados todos los límites y hábitos del procedimiento ordinario, se sigue utilizando el concepto de Gobierno en funciones, de manera fraudulenta, para ocultar lo que debería llamarse puñetero desgobierno, expresión que viene a definir los desgraciados momentos en que los intereses electorales del Gobierno interino bloquean el sistema, trasladan a los restantes partidos la responsabilidad del fracaso, y a todos los ciudadanos los enormes costes directos e indirectos de un bloqueo tan disparatado como el que estamos viviendo.

Ya sé que no resulta fácil identificar ese crítico momento en que el proceso de investidura deja de ser normal para convertirse en fraudulento. Pero nadie debería de tener dudas de que tal situación se da cuando se producen de manera sucesiva los siguientes sucesos: 1) atacar la débil y única gobernabilidad existente, mediante una moción de censura, para dejar al nuevo Gobierno al albur de una mayoría Frankenstein; 2) poner fin a ese Gobierno, seis meses después, para demostrar quién manda, de verdad, en España; 3) anunciar el fin de la legislatura tres semanas antes de disolverla, para montar el famoso show de los viernes sociales y situar las elecciones en un momento de confusión estratégica con las elecciones locales y europeas; 4) primar el desarrollo institucional de las segundas elecciones —locales— sobre las primeras —generales—, para recocer a las minorías en su jugo, y crear la falsa sensación de que 123 diputados constituyen una opción de gobierno providencial y obligatoria; 5) retrasar las consultas del Rey lo más posible, para hacer simulacros de negociación sin lógica ni sentido, e intentar la investidura gratuita y sin apoyos de un gobierno monocolor; 6) marear la perdiz después de la investidura fallida, para que la segunda, si la hubiere, se programe en un ambiente de extrema ansiedad; 7) forzar unas nuevas elecciones en un momento de máximo desorden y confusión, para obligarnos a escoger entre Sánchez o el Apocalipsis; y 8) imponer como algo normal la idea de que, si no nos portamos bien en las próximas elecciones, tendremos un gobierno interino hasta 2021.

Tal manipulación, se mire como se mire, no describe la interinidad, sino un puñetero desgobierno. Y bien haríamos los ciudadanos si, cuando se convoquen elecciones, no ponemos en el centro de nuestras reflexiones en la perentoria y acrítica necesidad de un Gobierno, sino en la voluntad de evitar otro puñetero desgobierno. Y para eso bastaría con que los que antes se dejaron encandilar por el «haz que pase», apostasen ahora por el «haz que no pase».

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