La verdadera grandeza de Nadal

ZUMA Wire dpa

En las entrañas de Flushing Meadows, un destrozado Rafa Nadal apenas puede moverse. Está tan acalambrado, le duelen tanto las piernas, que es incapaz de doblar las piernas y ponerse los pantalones vaqueros. Finalmente, tiene que ser su entrenador Charly Moyá quien le ayude a calzárselos. Antes, en la pista, sorprendía a todos con su sufriente forma de andar con la copa entre sus brazos. Aquel que se fijaba se daba cuenta de que a Nadal le costaba un mundo cada paso. Le pesaban las cinco horas de máximo esfuerzo y épica en su victoria ante el prodigioso ruso Medvédev. Un esfuerzo titánico al alcance solo de los dioses del deporte.

Así es Nadal. El sudor no se negocia. No conoce otro camino hacia el éxito que el de la entrega total y el de nunca izar bandera blanca. Por ello regresa siempre tras las lesiones y vuelve a brillar tras las derrotas. Por eso es quien es en el mundo del tenis y por ello está coqueteando por ser el mejor tenista de todos los tiempos. Porque su grandioso palmarés lo ha logrado además en los tiempos de dos gigantes del deporte de la raqueta, Federer y Djokovic. No tiene ni la elegancia, ni la técnica, ni la precisión del suizo, a quien admira profundamente; y no alcanza las cotas de contundencia del serbio. Parece que hay una cierta convención en que las mejores versiones de los dos son mejores que el mejor Nadal. Es decir, que en condiciones óptimas, Rafa sería el tercero en discordia. Y sin embargo, cuando ambos se despiertan cada mañana, ven como el español sigue ahí, pegado a ellos como una de sus peores pesadillas. Soplando en la oreja del sublime Federer, a un solo gran slam de él; y por delante del imbatible Nole, al que le saca tres.

Los números de Rafael Nadal son apabullantes. Ha ganado doce veces Roland Garros, cuatro el US Open, dos en Wimbledon y una vez el Open de Australia. Además, sabe lo que es levantar tres copas Davis y posee el oro olímpico. Sin duda, su palmarés es el más completo de todos. Sin embargo, su figura está muy por encima de los números, de las copas y de la gran cantidad de millones de euros que ha ganado en sus años de carrera. Sin ir más lejos, solo por ganar el US Open se embolsó más de tres millones.

Sabe ganar y sabe perder y es fiel a una ética deportiva que le inculcó su tío Toni y que él ha sabido cultivar a medida que se ha hecho mayor. Los millones y la fama no le han convertido en un estirado ni en un huraño blindado ante el mundo. Su comportamiento normal encandila a todos y por eso toda España está orgullosa de tener un paisano como Rafael.

No es lo que gana, es cómo lo gana, cómo vive y cómo se compromete con la sociedad en la que se encuentra. Además, adora su país, este país, España, que tanto se empeñan en desprestigiar en otras instancias.

Por ello, cuando ves la clase política que nos ha tocado en suerte, que no hay Gobierno y que no hay forma de que se alcancen consensos entre partidos de diferente color, figuras como la de Nadal se agigantan todavía más. Él es solo un tenista, pero si sus valores fueran universales todo iría mejor. Qué bien le vendrían a este país mayores dosis de constancia, humildad, sacrificio, compromiso y espíritu deportivo.

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