El bloqueo tiende a hacerse crónico


Todos los problemas que mantienen a España políticamente bloqueada, económicamente entumecida, y socialmente inquieta, tienen una importancia relativa, son susceptibles de fáciles y razonables soluciones, y huelen a puro artificio creado y aventado por los partidos políticos y por una espesa capa de populismo cívico e institucional que impide el debate mesurado y objetivo de todo cuanto nos sucede. España también tiene problemas graves, e incluso muy graves, pero los que forman parte de esta categoría están prácticamente desplazados de la agenda política -por los mismos motivos que la mala moneda destierra a la buena-, para dejarle sitio a las trapalladas y simplezas de la política cotidiana.

Algo parecido se puede decir del Reino Unido, que, tras haberse metido de manera torpe e irreflexiva en el laberinto del brexit, da la impresión -creo que falsa- de atravesar una crisis política tan grave y profunda que, además de poner en duda su gobernabilidad, está haciendo que no pocos politólogos, constitucionalistas y analistas se atrevan a hablar de un agotamiento esencial de la democracia modelo Westminster, de la caducidad del concepto de gobernanza como inspirador y objetivo de los buenos sistemas electorales, y del fin de la brillante historia de las democracias liberales de orientación bipartidista.

 Para explicar por qué nos hemos metido en este lío, y para intentar adivinar qué nos impide salir de él, hay que referirse obligatoriamente a tres circunstancias: a) una crisis financiera mal diagnosticada, peor explicada y desastrosamente gestionada; b) un populismo desinformado e irresponsable que inspira a amplias capas del electorado y traslada su ponzoña a la acción de gobierno y a las ofertas programáticas de los partidos políticos; y c) una tendencia creciente a trasladar a los sistemas democráticos las tensiones propias de una ciudadanía severamente indignada y de una clase política y unos gobiernos servidos por una clase política que confunde la realidad con las expresiones mediáticas -con frecuencia falseadas o manipuladas- de la realidad.

El resultado de este batiburrillo es que un creciente número de simplezas y banalidades que los partidos políticos transmiten directamente al sistema, acaban por disminuir o anular su funcionalidad y sus garantías, por privarlo de los mecanismos que tradicionalmente se usaron para mejorar la gobernabilidad y resolver los problemas estructurales, y por desplazar las políticas institucionales -hechas al servicio de la convivencia y el bienestar del país- por una lucha partidaria sin cuartel que, mientras pelea obsesivamente por sus imaginarios espacios electorales, hace imposibles los acuerdos necesarios para gobernar de manera estable, coherente y eficaz.

Por eso nos da tanto miedo el futuro. Porque los partidos no pueden pactar, y los gobiernos son cada vez más inestables e ineficaces; y porque la frouma de chicos pleitos que definen nuestra agenda está oscureciendo el panorama hasta el punto de máximo riesgo.

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