Patriotismo y otras palabras prohibidas


Iniciada la odisea que anunciaba un nuevo milenio, en la convención demócrata de Boston, un joven Barack Obama pronunciaba un discurso memorable. Desde entonces seguí con interés muchas de las intervenciones de este político diferente, cultivado, ciceroniano y brillante. En menos de veinte minutos Obama colocó la primera piedra de un edificio retórico descomunal por su distinción y osadía. Entonces dijo: «No hay un Estados Unidos liberal y un Estados Unidos conservador: hay un Estados Unidos de América». Si Obama hubiese podido presentarse frente a Trump, Obama ganaría. Simplemente expresándose, mirando a la cámara y hablando en el lenguaje que entienden los votantes. Simplemente reiterando las voces fetiche de su relato: patriotismo, unión, bandera, libertad y que Dios los bendiga. En España, solo una de esas voces está permitida: libertad. El resto parecen condenadas al ostracismo por obra y gracia de la corrección política imperante. Por mandato de la sinrazón que se ha asentado en la vieja piel de toro, la nación más vieja de Europa, la de pasado más insigne y, pese a todo, la más despreciada por los propios. Algo incomprensible, pero cierto.

Este verano me he levantado muchos días esperando encontrarme una noticia, una en especial, en el periódico. Ingenuamente. Soy de esa clase de gente que aún lee los periódicos en papel, que espera que las noticias me las cuenten con rigor y bien contadas, que aguarda buenas nuevas en lugar de sucesos y sensacionalismos y análisis huecos a ritmo de Internet. Esperaba que alguien dijese lo que decía Obama cuando era candidato a senador y continuó diciendo durante lustros. En realidad, aún lo dice ahora. Esperé en vano que me dijesen que no hay una España socialdemócrata y una España conservadora, sino que hay una España, una, próspera y esperanzada, y plena de variedad y talento. Imposible. Los políticos de derechas y de izquierdas siguen a lo suyo: mirándose el ombligo como si nuestra suerte no dependiese de ellos. Y depende, por desgracia. Nunca hemos tenido una clase política más mediocre que esta. Se salvan unos pocos. Y ninguno faculta sus artes en las cúpulas partidarias de Madrid. Son todos cortoplacistas. Y todos profesan un lema que no se atreven a pronunciar públicamente: ‘Primero yo y después España’. Es una situación dantesca. Y digo dantesca con pleno conocimiento del adjetivo. No es una tragedia. Es, en esencia, un bucle siniestro del que no conseguimos librarnos. Quizá tampoco queremos. Y por eso votamos como votamos. Como los argentinos, que se tiran una y otra vez al abismo para gloria y honra de toda demencia.

¿Cómo salir de aquí? Pues de un modo muy sencillo: rescatando las palabras prohibidas. Presumiendo de ellas. Levantando la suma en lugar de la resta. El día que unos y otros se atrevan con la retórica de Obama, y no con la corrección política de los miembros y las miembras, España será mejor de lo que es ahora mismo: con la espada de Damocles balanceándose sobre nosotros. Unión, patriotismo, bandera, libertad… y que Dios nos bendiga.

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