A la portuguesa, a la italiana o nada


Descontado ya agosto como mes hábil para negociar, porque así lo ha querido Pedro Sánchez, quedarán tres semanas para decidir si España va a nuevas elecciones o si hay un acuerdo in extremis. En estos momentos, la segunda opción parece una quimera. ¿Qué soluciones habría para evitar una nueva cita con las urnas? Dos. Que Pablo Iglesias aceptara la vía portuguesa, es decir un Gobierno socialista en solitario con apoyo externo de Unidas Podemos, que tan buenos resultados está dando al país vecino. O que Sánchez asumiera la coalición en unos términos similares a los que ofreció hace un mes. Visto lo visto, esto nos llevaría a la vía italiana, es decir a dos gobiernos dentro del Ejecutivo, con importantes disensiones internas y el germen de la ruptura en unos cuantos meses. El esquema que ha diseñado Iglesias así lo indica: acaparar las carteras sociales para apuntarse la medidas más populares mientras deja para su socio los «marrones», léase Cataluña, inmigración (como se ha comprobado en el caso del Open Arms), exigencia de recortes de Bruselas o posibles crisis internacionales. Mientras Sánchez ha elegido la desidia como estrategia en la negociación, dejar pasar el tiempo para poner toda la presión en Iglesias, que será quien tenga finalmente la llave de si hay o no elecciones, la formación morada ha optado por una peculiar y novedosa forma de convencer a su pretendido socio, del que dejan claro no se fían. Consiste en propinarle las descalificaciones más duras y los actos más hostiles. Así, han denunciado a dos ministros clave, Ábalos y Borrell, por presunta corrupción en la Operación Chamartín, o han comparado a la vicepresidenta Calvo con Salvini. ¡Y estos son con los que Iglesias quiere gobernar!

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