La poesía de las tarjetas de embarque


Por un lado, todos los aeropuertos se parecen. Por otro, todos son distintos. Cuando uno se ha pasado muchas horas en ellos, tiende a recordarlos como partes de un todo, un continuo de pasillos interminables, cintas transportadoras, arcos detectores, carteles indicadores... A veces, parece que el personal de tierra que te recibe en la terminal de destino es el mismo que te despidió en la de partida, que los policías de la aduana son los mismos, que el público que espera a sus seres queridos son las mismas personas en todas partes, dedicadas profesionalmente a abrazar. Y sin embargo, hay recuerdos que los individualizan: la experiencia memorable y terrorífica de tomar tierra en el ya desaparecido aeropuerto de Kai Tak, entre los edificios de Hong Kong, viendo a la gente comer o dormir dentro de sus casas; la larga noche en la comisaria del aeropuerto Ben-Gurion de Tel Aviv, en espera de ser identificado; las horas que pasé de niño, perdido, vagando por el aeropuerto Londres-Heathrow, fascinado por la variedad de razas, lenguas y ropas, que nunca antes había visto; el silencio ártico del aeropuerto de Svalbard, construido sobre un suelo inestable; el caos del de El Cairo; el mundo futurista y totalitario del aeropuerto de Pekín; el lujo asiático del de Dubái.

Aunque parezcan iguales, cada uno de esos aeropuertos alberga algo que lo define. El de Kansai, en Japón, está construido en una isla artificial sobre el mar; el de Gibraltar atraviesa una avenida con circulación de tráfico rodado; el de Madeira es en realidad un enorme puente para que aterricen los aviones; entre las pistas del de Bangkok hay un campo de golf; el de Barra, en Escocia, es una playa; miles de personas cruzan cada día las pistas del de Bangui, en la República Centroafricana, porque alguien robó las verjas. En el de La Paz, en Bolivia, cuando los auxiliares de vuelo abren el portalón, se nota como cae la presión dentro de la cabina, en vez de subir, como es habitual, porque la ciudad está a 3.640 m de altura.

Al final, se pueden contemplar los aeropuertos como un archipiélago de islas habitadas que se extiende por todo el planeta. Esas islas son unas 17.000, y se las conoce por extraños nombres de un lenguaje secreto de tres letras, que son los códigos de aeropuerto de la IATA, la Asociación Internacional del Transporte Aéreo. Los viajeros los llevamos pegados en nuestros billetes, en nuestras maletas, en nuestros equipajes de mano. Por casualidad, algunos resultan en expresiones absurdas, cómicas o intrigantes: MAN («hombre», es Manchester), SIN («pecado», es Singapur), DIE («muere», es Arrachart, en Madagascar). Parece que quieren decirnos algo.

Un escritor llamado Nasser Hussain escribió una vez un libro de poemas utilizando únicamente esos códigos de tres letras: SKY WRI TEI NGS, «Escritos del cielo». Recuerdo que uno de ellos, «AIR TRA VEL», componía la palabra MIG RAT ION («emigración») a partir de un viaje de Mianyang (China), Raduzhny (Rusia) y Impfondo (R.D. Congo), aunque dudo que nadie en su sano juicio hiciese esa ruta para emigrar, y menos en ese orden. La ruta TRI-ANG-LED («triangulado») tiene realmente la forma de un triángulo. Fráncfort y Niza forman el topónimo FRA-NCE, Francia. La palabra más larga que había conseguido formar Hussain con estos códigos tenía quince letras: substratosphere, troposfera, que es el océano que baña el archipiélago de los aeropuertos. Miro a mi alrededor en la sala de embarque: todos los pasajeros llevan en su equipaje de mano el mismo código. Es el de Madrid: MAD, «loco, enfadado».

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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