La globalización del verano gallego


Con la añoranza de tiempos pasados, cuando agosto relajaba las agendas políticas y mediáticas, y en previsión de la matraca que nos espera cuando Sánchez reinicie sus consultas, he decidido -¡un día es un día!- escribir un artículo agosteño, intrascendente y banal, para ver si descansamos un poco antes de que ruja la marabunta. Y para eso he escogido el tema del verano gallego, para enfocarlo desde una perspectiva que los meteorólogos de la televisión se niegan a abordar. 

Lo primero que hay que recordar es que en Europa hay, grosso modo, tres veranos. El atlántico, que se da en las costas occidentales. El mediterráneo, que abarca una franja muy ancha sobre la costa de los países mediterráneos. Y el continental, que rige en el amplio y diverso territorio que ni es atlántico ni mediterráneo. Estos tres veranos tienen características muy diferentes e interesantes, aunque aquí me limitaré a hablar de su cronología. El verano atlántico (A Lanzada, Cornualles, Binz) tiene su centro en julio. El mediterráneo brilla con luz y calor propios en agosto. Y el verano continental, que mezcla semanas tórridas con ciclos de invernía e inundaciones, no se mide por el clima y la temperatura, sino por la luz, y se extiende, con total incertidumbre, entre el solsticio de verano y el equinoccio de otoño.

Estas distinciones, que la Galicia rural tenía clarísimas, se han olvidado ahora -por razones mediáticas y de ocio- en favor de la globalización del verano mediterráneo. Y por eso, perdida las perspectiva local, no nos entendemos. En Forcarei era evidente que los días para cenar en la era, o llevar la merienda a las frondas del Lérez, coincidían con el día del Apóstol. Y en Pontevedra acuñaron su hermoso e infalible parte meteorológico -«pola Peregrina, o inverno encima»-, que, lejos de ser una exageración del pesimismo galaico, aflora la experiencia de los que, en vez de seguir el tiempo por televisión, lo viven.

El resumen es que los gallegos, que solemos tener en julio un tiempo precioso, veraneamos -como los madrileños, romanos y atenienses- en agosto, cuando ya nos levantamos de las terrazas mojados como pitos, cuando las noches enfrían con resabios otoñales, y cuando la fiesta del agua, organizada en Vilagarcía, compite con esas otras fiestas del agua que impiden a la Panorama desplegar su escenario.

Por eso creen los turistas -porque a nosotros nos da igual- que no tenemos verano, o que es de pésima calidad. Pero, como antes se decía, «la culpa la tiene la Xunta», porque en vez de aprovechar su poder para poner orden en el verano local y reprogramar el ocio, permite que nos colonicen los veranos de Marbella y Tossa de Mar, con los que en absoluto podemos competir. Por eso propongo que el próximo año santo se organice sobre un nuevo eslogan: «en xullo barullo, e en agosto no posto» (de traballo). Quizá sea una tontería. Pero empiezo a creer que, si la autonomía no sirve para poner el verano y las vacaciones en su justo sitio, puede acabar sin servir para nada.

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