De loros y farmacias


Tarzán el loro ayudante de farmacia que saludaba a todos los clientes con un «hola, buenos días», ha sido desterrado de la botica de Labañou tras mas de cuarenta años trabajando con los titulares del establecimiento farmacéutico.

Una nueva legislación sanitaria prohíbe tener animales en los locales donde se expenden píldoras e inyectables. El loro ahora vive en su exilio en Gandarío con una de las dependientas con las que el ave parlanchín tenía mas afinidad.

Tarzán es digno sucesor del famoso Ravachol, que, hasta su fallecimiento a causa de una indigestión provocada por la ingesta de bizcocho borracho con altas dosis de vino, fue farmacéutico adjunto en la botica del licenciado Perfecto Feijoo en el centro de Pontevedra.

Ravachol fue un loro deslenguado y provocador. Su nombre se debe al anarquista francés así llamado y muy popular a finales del siglo XIX. Sus ocurrencias eran muy celebradas, especialmente la reiterada de «se collo a vara», dirigida a los niños que acudían a visitarlo. Tiene estatua en la calle principal donde se ubicó la botica y sus seguidores celebran en su memoria un particular homenaje en el Entroido de cada año.

Los loros, las cacatúas, papagayos, cotorras o guacamayos, pese a no tener cuerdas vocales, poseen la facultad de aprender a hablar, como sucede con los córvidos, aunque esto es materia para otra colaboración. También hubo cuervos parlantes en farmacias literarias pertenecientes al universo cunqueiriano.

Conocí, en la Casa del Mar de Llanes, afamada casa de comidas, al loro Paco, que era logorreico y silbaba de forma espectacular el tema musical de la película El puente sobre el rio Kwai. Paco, que dormía acostado en un cojín junto a su jaula, fue secuestrado en el verano del 2016, y recuperado en Madrid setenta días después. Al ver de nuevo a su dueño se alborozó gritando hasta que lo oyó: «¡Paco, Paco…!».

Hay una tradición tertuliana de reboticas, bien reflejada en Galdós y en Cunqueiro, por citar dos únicas referencias, que escriben de las largas conversaciones celebradas en la parte trasera de las farmacias, junto al laboratorio donde se elaboraban fórmulas magistrales con esperma de ballena, o se doraba la píldora, que es una expresión que tiene que ver con el recubrimiento con materiales de oro y plata que se aplicaba a la manipulación de grajeas.

Son historias de pájaros silbadores, de aves más o menos canoras, de loros que dan conversación a quienes le inquieren. Nuestros emigrantes gallegos retornados de Cuba traían, algunos de ellos, como personajes de Stevenson, un loro que se exhibía sobre sus hombros encima de una pequeña toalla para no manchar el traje y saludaba a los viandantes diciendo tras inclinar la cabeza: «Soy cubano y lorito real». Larga vida a Tarzán en su nuevo destino.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
26 votos
Comentarios

De loros y farmacias