Menos carne salva al mundo


Es interesante recordar que la temperatura media que alcanza la superficie de la Tierra a través de las radiaciones emitidas por el Sol es de 18 grados bajo cero. Gracias a que estamos rodeados por la atmósfera, esas radiaciones pueden ser parcialmente absorbidas por ella, mientras otras rebotan de nuevo hacia abajo, hasta conseguir que la temperatura media del suelo se sitúe en 14 grados positivos, lo que hace posible nuestra vida. Ese envoltorio de gases y partículas en suspensión que nos rodea, formado por capas diferentes y complejas, consiguen el aumento de la temperatura porque la zona más próxima a la Tierra actúa como el toldo transparente de un cobertizo, de los utilizados para el cultivo vegetal, siendo capaz de mantener y rebotar la radiación solar hacia la superficie terrestre. Vivimos gracias a ese ‘efecto invernadero’, descrito ya en el año 1824 por el matemático francés Joseph Fourier.

Pero ese equilibrio ambiental es inestable y puede ser modificado por el aumento de emanaciones resultantes de la actividad humana, principalmente la quema de derivados del petróleo y del carbón y la deforestación, porque esos gases se sitúan en la atmósfera inferior y son capaces de absorber y devolver, en mayor medida, la radiación térmica solar hacia la Tierra produciendo un calentamiento global de la superficie del planeta, llevando al deshielo de los glaciares, modificaciones del nivel del mar, desertización, inundaciones, huracanes y la alteración de todos los ecosistemas de la Tierra. El gas con mayor peso en el temido cambio climático es el dióxido de carbono (CO2), muy rico en la densa atmósfera de Venus, lo que da lugar a que la temperatura de la superficie de ese planeta sea de 460 grados, superior a la de Mercurio, el planeta más cercano al Sol.

Desde siempre se ha achacado a la quema de combustibles, necesarios para la obtención de electricidad, y a la energía utilizada en la industria y en los automóviles, la responsabilidad del aumento de los gases con efecto invernadero. Sin embargo, desde hace unos años se ha empezado a dar una gran trascendencia a los efectos nocivos de la crianza del ganado, debido a que el intestino de los rumiantes libera una enorme cantidad de metano, gas que tiene un potencial de calentamiento mayor que el del dióxido de carbono. Detrás del ganado están la carne y la leche, dos pilares de nuestra alimentación en el mundo occidental. Estos días se ha presentado en Ginebra un informe encargado por Naciones Unidas en el 2016 y en el mismo el grupo de científicos que componen el Panel Intergubernamental sobre cambio Climático señalan que es necesario acabar con el despilfarro alimentario en el mundo desarrollado y reducir el espacio dedicado a la ganadería, minimizando el dispendio que tenemos con la carne. Este cambio en los patrones de consumo podría reducir la emanación de CO2 hasta 8 gigatoneladas al año, el equivalente a todos los gases emitidos por España en los últimos 20 años. La guerra de intereses se complica enormemente, pero es bueno mantener en la mente que no debemos convertirnos en Venus. Sería maravilloso un nuevo lucero del atardecer o estrella de la mañana en el firmamento, pero no estaríamos aquí para verlo.

Por Francisco Martelo Secretario general de la Real Academia de Medicina de Galicia

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