Cara y cruz del naval ferrolano


En el mismo año, el naval ferrolano ha subido a los cielos y se acerca al abismo del infierno. El Gobierno central encargó en abril a Navantia la construcción de cinco fragatas F-110 para la Armada española, que reportará una década de ocupación a los astilleros de la ría. Con sus más de 4.500 millones de euros de presupuesto, es un pedido histórico. La fiesta, sin embargo, está empezando a ensombrecerse. 

Al tratarse de unos buques que implican un cambio total de diseño con respecto a las fragatas anteriores, Navantia no prevé que pueda iniciar su construcción hasta principios del 2022. El próximo 30 de agosto será botado el segundo buque anfibio para la Armada de Australia y entonces las gradas se quedarán huérfanas de nuevos proyectos. No implicará eso que el trabajo finalice de inmediato, ya que aún habrá que completar ese navío y entregar su gemelo, pero a partir de septiembre la caída en la ocupación en las compañías auxiliares será muy acusada. El goteo de despidos ya comenzó en los gremios que van quedándose sin faena.

Las F-110 tenían que estar aprobadas en el 2017, pero con Cospedal en Defensa, el programa se demoró enredado en estudios sobre su armamento. Ahora no vale mirar atrás. Puede avecinarse un bienio negro sin ocupación. Los trabajadores piden un nuevo buque militar que palíe esa falta de obra, aunque la ausencia de un Gobierno con el que abordar esta demanda complica la gestión.

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