Investidura: su lado más oscuro


Tras el fiasco de la investidura, en la que Sánchez consiguió sumar a su causa ¡solo a uno! de los 227 diputados no pertenecientes al grupo socialista -hecho que quedará inscrito, por insólito, en los anales de nuestra historia democrática-, las informaciones y opiniones sobre tan formidable descalabro se han centrado en el papel jugado en él por sus protagonistas (Pablo y Pedro, Pedro y Pablo), gestores, junto con algunos actores secundarios (o, más exactamente, segundones), de un esperpento digno de la pluma de quien dejo escrito en Luces de Bohemia que «en España es un delito el talento». ¡Cómo dudarlo a la vista de lo sucedido desde el lunes!

A lo largo de la semana también recibieron, por supuesto, su dosis de atención el otro Pablo (Casado) de los dramatis personae y Albert Rivera, que corrían arriba y abajo por la banda (el uno bien tranquilo y el otro de los nervios) mientras el candidato a presidente y el frustrado aspirante a vicepresidente daban patadas al país como quien se las diera a un balón de reglamento.

La actuación de ese cuarteto de cámara (pues el Congreso es una de las de las Cortes Generales) dejó en segundo plano, sin embargo, a los dos partidos más interesados en que el Gobierno de coalición entre Sánchez e Iglesias se convirtiera en realidad: Bildu y ERC. Hace pocos días lo subrayaba Rufián al proclamar que o había un pacto PSOE-Podemos «o aquí palmamos todos». Por las mismas fechas, otro rufián, aunque apellidado Otegi en este caso, remachaba el mismo clavo: «En el Estado no va a haber mejor Gobierno que el del PSOE y Podemos». Ambas declaraciones, que luego el propio Rufián y el portavoz de Bildu en el Congreso explicaron allí con detalle al justificar su abstención a favor del candidato, constituyen, sin duda, el lado más oscuro de la sesión de investidura.

Porque, sabiendo que a Sánchez todos los votos que favorezcan su pretensión de seguir en la Moncloa le valen por igual, sea cual sea su procedencia -lo que quedó meridianamente claro cuando negoció la moción de censura que lo hizo presidente-, la cuestión es cómo explicar ese interés de ERC (un partido cuyos principales dirigentes están acusados de gravísimos delitos por haber organizado un golpe de Estado) y Bildu (la fuerza heredera de aquella Batasuna ilegalizada penalmente por formar parte de ETA, fuerza que sigue sin condenar los horrendos crímenes de la banda terrorista) en que Sánchez sea presidente de un gobierno de coalición de Podemos y el PSOE.

La explicación, obviamente, no puede ser más alarmante: porque tal gobierno sería un rehén de Bildu y ERC, lo que supone, en sí mismo, motivo más que suficiente para que Sánchez hubiera renunciado a intentar hacerlo realidad. Que no haya voces en el PSOE que se alcen contra una posibilidad tan desastrosa para nuestra democracia es señal inequívoca de lo mucho que ha cambiado ese partido. Mucho y para mal.

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