Todas las soberbias del presidente


O todo ha sido un burdo engaño, o una frívola irresponsabilidad, o ambas cosas a la vez, del presidente en funciones, Pedro Sánchez, y de su asesor Iván Redondo.

Desde que la noche del 28 de abril conocimos el reparto de los 350 escaños del Congreso quedaron claras las dos cuestiones incontrovertibles sobre las que iba a pivotar la formación del próximo Gobierno nacional: primera, que solo los socialistas podrían presidirlo, dado que sus 123 escaños doblaban la suma de los del PP y de Ciudadanos; segunda, que los socialistas no podrían gobernar sin pactar con otras fuerzas, porque esos 123 escaños les impedían hacerlo en solitario.

Sánchez, por tanto, debía optar: o intentar formar un gobierno de gran coalición con el PP, o incluso, con el PP y con Ciudadanos; o tratar de reeditar su frustrado pacto con Rivera, ofreciéndole una fórmula de colaboración sobre la base de un programa negociado; o cerrar con Podemos el gobierno de coalición que Iglesias había exigido ya durante la campaña electoral, sabiendo que, en ese caso, el apoyo activo o pasivo de una parte de los separatistas sería indispensable, tanto para que Sánchez fuese investido como para que pudiese, posteriormente, gobernar.

¿Qué eligió el presidente? Pues algo muy sencillo: no hacer nada, quizá confiado en que antes o después la autoproclamada superioridad moral de sus ideas (las únicas auténticamente progresistas, feministas y ecologistas, «¡bonitos!») acabaría por imponerse por sí misma. Pero la soberbia en política es muy mala consejera.

El presidente no ofreció un gobierno de gran coalición al PP, como hizo en su día Rajoy al planteársela al PSOE tras conocer su pírrica victoria electoral del 2015. Tampoco ofertó nada Sánchez a Ciudadanos, sino todo lo contrario: adoptó decisiones en Navarra y Cataluña que hacían imposible cualquier acercamiento entre los de Rivera y el PSOE. Y nada quiso saber el candidato socialista de un gobierno de coalición con Podemos, salvo cuando, ya solo por completo, comprobó que los de Iglesias lo habían colocado contra las cuerdas tras su renuncia a entrar en el ejecutivo.

Ese torpe juego de intentar engañar a todos todo el tiempo llegó a convertirse en un auténtico esperpento en el discurso que Sánchez leyó el lunes: al tiempo que hacía un llamamiento al acuerdo con Podemos -con quienes seguía negociando- el conocido político del «no es no», que forzó una repetición electoral en junio del 2016 y a punto estuvo de provocar una segunda a finales de ese año, ¡exigía la abstención gratis total del PP y de Ciudadanos!

Todo apuntaba pues a que la demencial estrategia de Sánchez iba a terminar en la derrota clamorosa que ayer tuvo lugar. Según lo que pase de aquí al jueves sabremos finalmente si Sánchez y Redondo se han vuelto majaretas o juegan descaradamente a la repetición electoral. Es decir, si se han vuelto majaretas… o se han vuelto majaretas.

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