¿Crisis catalana? ¿Qué crisis?


Lo más relevante del discurso pronunciado por Pedro Sánchez para lograr que el Congreso lo invista presidente fue lo que no dijo: el clamoroso silencio sobre la gravísima crisis política y social provocada por el separatismo catalán, la increíble ausencia de la más mínima referencia al más grave problema al que se enfrenta España desde hace al menos cuatro años. 

En una intervención que duró casi dos horas fue analizando el candidato socialista los seis grandes ejes de la propuesta con la que espera obtener la confianza de la mayoría de la cámara: empleo digno y sostenibilidad de las pensiones, revolución digital y tecnológica, emergencia climática, igualdad real y efectiva entre hombres y mujeres, justicia y exclusión social y, en fin, fortalecimiento de Europa y de la UE. 

Ello permitió a Sánchez referirse a lo divino y a lo humano, dar sucesivas conferencias sobre las apuntadas líneas programáticas y prometer todo lo imaginable, pues, como el papel, los discursos lo soportan todo. Habló el candidato a presidente de economía, sociedad, instituciones, corrupción, feminismo, sanidad o eutanasia entre otros muchos temas importantes. Subrayó lo conseguido y lo que queda por lograr. Se centró en Europa, América, África, China y el Ciberespacio… pero no fue capaz de decir ni una palabra, ¡ni una sola! sobre como piensa hacer frente al desafío separatista catalán. 

Y fue ese largo paseo por el mundo, sin detenerse en un territorio que está a unos cientos de kilómetros de Madrid, la mejor expresión del terrible laberinto en el que nacerá, si tal cosa sucede, este Gobierno socialista. Porque la única razón por la que Sánchez ha hecho como si no existiera la interminable crisis planteada por el independentismo es porque, aunque obtenga el apoyo de Podemos, ni podrá ser investido presidente sin el apoyo, por acción u omisión, de una parte de los independentistas, ni podrá sin ellos gobernar en el futuro, lo que tiene imprevisibles consecuencias. Hasta tal punto está Sánchez literalmente cogido por el cuello en el tema hoy más trascendental para el futuro político de España que se ha visto obligado a no decir ni pío sobre él. 

Esa extrema debilidad será fatal, sin duda, para Sánchez, que tendrá ya que soportar una fórmula política que el presidente en funciones y sus ministros más habladores proclamaron que jamás existiría: ese ejecutivo de coalición con Podemos, ¡y no de cooperación!, que los socialistas tendrán finalmente que comerse con patatas. Pero la extrema debilidad que se deriva de la subordinación a los independentistas será fatídica para el Gobierno de España, pues, como resulta obvio, nadie puede estar en peores condiciones para enfrentarse al desafío separatista catalán que un presidente cuyo poder depende de sus votos. Lo vivió Sánchez tras su disparatada censura y lo vivirá ahora de nuevo para su desgracia, la de Cataluña y la de España en su conjunto. 

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