¿Izquierdas? ¿Derechas?


No, querido lector, el título que antecede no es un recordatorio de aquella yenka que fue canción del verano en 1965, sino el serio interrogante sobre si tiene mucho sentido seguir hablando hoy, con la radicalidad sectaria con que lo hacemos de España, de izquierdas y derechas.

Más allá de los orígenes remotos de tal antagonismo, que procede de la ubicación de los diputados franceses en 1789 a uno u otro lado de la Asamblea Nacional, será tras la asunción de los postulados democráticos por los grandes partidos europeos cuando aquel cobra el sentido que actualmente se le asigna: por un lado, la izquierda defendía en economía la intervención del Estado para la corrección de la desigualdades sociales, mientras la derecha sostenía el laissez faire; por el otro, izquierdas y derechas se enfrentaban en materia de moral y de costumbres, pues, mientras la primera defendía el cambio y el progreso, la segunda sostenía la conservación de lo existente.

¿Defendía? ¿Sostenía? ¿Por qué hablar en pasado? Pues porque esas diferencias se han ido desdibujando hasta ser solo reconocibles cuando hablamos de extremas izquierdas o derechas. Y así, aunque la izquierda y la derecha puedan presentar a día de hoy en Europa occidental diferentes propuestas económicas, lo cierto es que, cuando llegan al poder, su gestión apenas se distingue. El caso de Hollande en Francia y Tsipras en Grecia prueban con absoluta contundencia algo que ya había escrito a principios del siglo XX Robert Michels: que los socialistas nunca llegan al poder porque cuando lo hacen dejan de ser socialistas. Pese a ello, el consenso socialdemócrata que se instala en la Europa democrática tras la Segunda Guerra Mundial va a traducirse en un triunfo de los postulados del intervencionismo económico que, aunque revisados tras las últimas crisis económicas, practican hoy por igual izquierdas y derechas en temas básicos como sanidad, protección social o educación.

Y aunque en materia de moral y de costumbres persisten en algunos países ciertas diferencias, las posiciones sobre el divorcio, el aborto, las reivindicaciones feministas y los postulados LGTBI son cada vez más transversales, lo que se ha visto favorecido por una corrección política que en no pocas ocasiones impide sencillamente discrepar o someter a debate propuestas por su propia naturaleza discutibles.

En realidad, en países como España la gran brecha entre los partidos centrales de la izquierda y la derecha se sitúa en torno a las reivindicaciones nacionalistas y las identidades. Y es ahí donde aparece con suma claridad una inversión de posiciones que convierte a la derecha en la defensora de una sociedad de ciudadanos libres e iguales al margen de su lugar de nacimiento, frente a una izquierda cada vez más enfeudada, cuando no claramente abducida, por los postulados insolidarios y desigualitarios de un nacionalismo que de progresista no tiene más que el nombre.

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