Pedro y Pablo no se entienden

OPINIÓN

El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, junto al líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias.
El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, junto al líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias. Ricardo Rubio | Europa Press

12 jul 2019 . Actualizado a las 18:18 h.

Yo, que en política voy de sencillo y biempensante, estaba convencido de que Sánchez e Iglesias se entendían a las mil maravillas, que cada uno sabía del otro todo lo que necesita saber, y que siempre que querían hablar se encontraban en el momento justo y en el lugar oportuno. Porque los dos son tan listos que cuando uno va el otro viene, lo que equivale -en pura teoría de juegos- a que ninguno vuelve cuando el otro va. Por eso quedé atónito el pasado jueves cuando me enteré de que Pedro y Pablo «no se entienden», y que por eso se bloquean mutuamente en sus trécolas y ensoñaciones.

Donde yo ponía el origen del grave bloqueo parlamentario al que estamos abocados era, precisamente, en que entre ambos personajes no hay secretos, y en que comparten con total sinceridad todas las malas intenciones que cada uno alberga respecto del otro. Sánchez sabe, por ejemplo, que Iglesias va de caballo de Troya, y que quiere esbardallar el socialismo desde dentro, y que ese objetivo solo lo puede lograr pivotando sobre tres movimientos esenciales: a) volver a ser alguien -por ejemplo, ministro- en la política española; b) hacer populismo a esgalla con las pensiones, las subvenciones, las casas okupadas y la energía gratuita, para enardecer a su propia parroquia, y meter al PSOE en un barullo económico y social indescifrable; y c) recuperar su voluble electorado que, a pesar de creer a pies juntillas en la regeneración por el caos, se fue con el PSOE, el 28 de abril, con la ilusión de derrotar de una sola tacada a las tres derechas, a los banqueros, a los catolicones, a los que tienen éxito en su profesiones y negocios, a los que siguen escuchando a Los Panchos en vez de entregarse al rap, y a los heterosexuales irredentos. Y por eso estaba yo convencido de que el bueno de don Pedro no quiere ver a don Pablo a menos de una legua de la Moncloa.

También pensaba que Iglesias era consciente de que Sánchez es un ferviente admirador de Rajoy; que adora sus Presupuestos, su ley mordaza, su sistema educativo, su reforma laboral, su 155, sus pactos por el centro, su política de ajuste, y, como diría un yuppie madrileño, «su manejo de los tiempos», y que por eso prefiere gobernar solo, o aliado con cualquiera de los diablos que pueblan el barullo parlamentario, antes de darle a Iglesias la más mínima oportunidad.