Políticos «de antes» y «de ahora»


La formidable crisis de gobernabilidad en la que está hundida España no solo ha reforzado la desafección política, ya muy alta previamente según los barómetros del CIS, sino que ha provocado también, como era inevitable, una gran añoranza por los políticos «de antes» en comparación con los «de ahora».

La cosa no es desde luego para menos: entre el 2015 y el 2019 hemos vivido tres elecciones generales, que serán cuatro si volvemos a las urnas en noviembre y que, en supuesto tan disparatado, podrían haber sido incluso cinco de no haber roto in extremis una parte del PSOE con el «no es no» de Sánchez, ruptura que evitó una nueva repetición electoral a finales del 2016.

Visto tan negro panorama, ¿eran los políticos de antes mejores que los políticos de ahora? Aunque generalizar resulta siempre peligroso, si por mejores entendemos menos sectarios, irresponsables y egoístas, creo que puede afirmarse, con las excepciones de rigor, que, en efecto, la generación política que hizo la Transición y construyó la España democrática pudo abordar una obra tan inmensa porque actuó, de nuevo en términos generales, con una generosidad, capacidad de llegar a acuerdos y sentido del Estado que hoy brillan por su ausencia. Es verdad: la memoria tiende a embellecer lo bueno y a hacernos pensar, con el poeta, que «cualquier tiempo pasado fue mejor». Pero ello no oscurece el hecho cierto, común a toda Europa, de que la calidad de la clase política ha caído y de que, con ella, ha descendido su compromiso con los intereses generales que, junto a los de partido y a los personales, hacen funcionar el mecanismo democrático.

Dicho lo cual, debe igualmente constatarse que los políticos que hoy añoramos pudieron triunfar porque los electores facilitamos su tarea configurando desde 1977 hasta el 2015 claras mayorías de gobierno, incluso cuando, como en 1993 y 1996, fueron más ajustadas que antes y después.

Es evidente que los electores votamos según nuestra libérrima voluntad y también que así debe ser en cualquier democracia digna de tal nombre. Y aunque al hacerlo no asume cada cual, en buena lógica, más que la responsabilidad de lo que vota, gran parte de quienes acudimos a las urnas tenemos, gracias a los sondeos, una información más o menos aquilatada sobre la forma en que nuestra papeleta contribuirá o no a la estabilidad del sistema y a la gobernabilidad. Información que nos compromete, en consecuencia, con el resultado global que la noche electoral sale de las urnas.

Por eso, y por más que los políticos sean sin ningún genero de dudas los principales responsables de su frívola administración de las decisiones del cuerpo electoral -administración por la que se les paga su salario-, también los electores tenemos un tanto de culpa al dar a luz un escenario parlamentario muy difícil en verdad de administrar. Y más sabiendo que los políticos de ahora no son ni por asomo como los de antes.

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