El Partido Antipolítico avanza


Nuestros líderes, aquejados de atroz miopía -solo ven con nitidez su propio ombligo-, todavía no advierten la presencia de su principal enemigo. Y mira que su bulto y su sombra son alargados. Según el CIS de Tezanos, lo apoya uno de cada tres ciudadanos y se ha convertido ya en el primer partido de este país. Nadie podrá reprocharle que oculta sus posiciones y su programa. El Partido Antipolítico, denominación no registrada pero sin duda acaída, niega que el paro, o la economía, o la desigualdad, o la corrupción, o las autonomías, o el independentismo, o la sostenibilidad de las pensiones, o la deuda pública, sean el principal problema de España. Nuestra principal tara, sostiene, son los partidos. Los políticos no solucionan problemas: son el problema. Estamos, pues, ante un partido antisistema que socava -este sí, y no aquel que prometía acabar con la casta, antes de integrarse en ella- el régimen del 78.

El edificio amenaza ruina, pero los políticos que lo habitan o bien no lo ven o bien, si lo perciben, pugnan por ocupar el ala oeste que parece más resistente a la piqueta. Los políticos generan rechazo creciente -véase la valoración de nuestros líderes: todos suspenden-, pero unos ligeramente más que otros, y en esa mínima diferencia fundamentan sus posiciones monolíticas. Anteponen sus intereses partidistas o personales a cualquier otra consideración: la recuperación del devaluado prestigio de la política, la gobernanza y estabilidad del Estado, las reformas pendientes, la salida del bloqueo institucional. Les importa un bledo que su oficio sea cada vez más aborrecido, porque el Partido Antipolítico formalmente no existe y confían en que sus simpatizantes no se queden en casa, que se tapen la nariz y acudan a las urnas cuantas veces se les pida.

Notará el lector que, por una vez, a estas alturas del artículo todavía no había citado a Albert Rivera, que no quiere hablar con el líder del PSOE pero tampoco con el psiquiatra. Ni a Casado, que ahora resucita aquello de la lista más votada en versión griega -prima de 50 diputados al vencedor de las elecciones-, pero no aclara cómo puede modificarse la ley electoral si antes no hay investidura. Ni a Pablo Iglesias, dispuesto a renunciar a sus principios -Cataluña o contrarreforma laboral- a cambio de una vicepresidencia. Ni a Pedro Sánchez, dispuesto a embarcarnos en otras elecciones si Unidas Podemos se mantiene en sus trece ministeriales.

No los había mencionado por hartazgo, porque nada nuevo puedo aportar a la gresca personal que se traen, a su aversión al diálogo y a su desprecio por quienes les otorgaron la confianza. Porque no quiero, al menos hoy, seguirles el juego y señalar en el cuarteto al culpable del bloqueo. Y porque tampoco conozco, salvo imprevisible rapto de cordura en alguna parte, la fórmula para superar la parálisis. Desde luego, no servirán unas nuevas elecciones. Su resultado sería engañoso: veríamos en la noche electoral a un líder eufórico encaramado en el balcón, pero la victoria real se la llevaría el Partido Antipolítico.

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