El latín sigue vivo y coleando

Jesús Ricardo Martín FIRMA INVITADA

OPINIÓN

Ramón Leiro

09 jul 2019 . Actualizado a las 05:00 h.

Los físicos tienen claro que la materia ni se crea ni se destruye: se transforma. Igualmente, las lenguas ni nacen ni mueren: evolucionan. ¿El latín (y el griego) es una «lengua muerta»? En absoluto. Ahora mismo estamos hablando el «latín de Cicerón»; es evidente que con algunos fonemas distintos, evolucionados («solo algunos»), pero nada más: esos fonemas producto de una evolución, no de una muerte; estamos hablando el mismo idioma que habló Cicerón después de 2.000 años de evolución, solo evolución. Si ahora un galegofalante dice «mestre» un castellanohablante «maestro», un italiano «maestro», un francés «maître», un inglés «master» y un alemán «Meister» no es por caprichos idiomáticos; es porque todas esas palabras son simple evolución del latín «magister». Si nosotros decimos «César», los italianos «cesare», los alemanes «kaiser» y los rusos «zar», tampoco es capricho: es evolución de «caesarem».

Es «latín (y griego) evolucionado» el que hablamos mientras nos expresamos en las lenguas «románicas» o «latinas»: castellano, gallego, catalán, portugués, francés, italiano, rumano… ¿Somos actualmente en torno a los 1.500 millones de «latinoloquentes»? Añadamos las aportaciones gramaticales y léxicas que el latín (y el griego) (a través del Renacimiento) hizo a lenguas como el inglés (la mitad del léxico es latino), el alemán (toda la estructura gramatical es latina) o influencias menores pero importantes como al ruso o al vasco. ¿Hablamos, por tanto, de un idioma presente en mayor o menor medida en casi 4.000 millones de personas? ¿Hablamos de que el latín sigue vivo, en mayor o menor importancia, en la mitad de los hablantes de nuestro planeta? Pues sí: de eso hablamos.

Espero que muy pronto la Unesco declare al latín y al griego idiomas «Patrimonio inmaterial de la Humanidad»

Pero no nos quedemos en el aspecto lingüístico. Otros tan importantes como el derecho (prácticamente todos los países del planeta se rigen por el derecho privado romano), la mitología ( ¿a día de hoy algún coruñés duda de que Hércules enterró al malvado Gerión debajo de la Torre?), la literatura (¿no es cierto que Horacio y Ovidio influyeron en Rosalía de Castro?), son pilares de nuestra cultura, de nuestra cultura «grecolatina», esa burbuja en la que estamos inmersos y dentro de la cual respiramos. Estamos hablando de esa «cultura occidental» con una escala de valores muy distinta a, por ejemplo, la musulmana.