La nueva vitalidad de la socialdemocracia


La socialdemocracia tiene, ahora, su gran oportunidad. Después de los resultados obtenidos en las elecciones europeas; los registrados en España y en Portugal; y los cosechados en las municipales, la socialdemocracia está en condiciones de profundizar en sus postulados y tomar la opción de alejarse de sus complejos que la han dominado hasta hace poco tiempo. En suma, puede llevar a cabo sus reformas estructurales a partir de un patriotismo prospectivo y no restrictivo.

En un mundo cada vez más necesitado de definiciones y de clarificación de ideas y de proyectos, la socialdemocracia puede y debe exponer, con claridad, sus programas en torno a cómo gestionar la globalización y sus efectos. A nadie se le oculta que Putin apuesta por un imperialismo territorial (definido por su dinámica de extensión geográfica); que China está motivada por un imperialismo en red (por medio de alianzas entre países y empresas en un área espacial determinada); y que Trump defiende un imperialismo económico (acrecentando las desigualdades económicas, sociales y territoriales). A la luz de este esquema, la socialdemocracia europea ha de saber mostrar sus cartas. Siempre ha enarbolado la bandera de la libertad y la democracia; de la solidaridad y de la igualdad de oportunidades; de las políticas inclusivas y del bienestar social. También, siempre se ha equivocado cuando puso por bandera la negación de la ideología o la argumentación presupuestaria para la adopción de ciertas medidas políticas. Es decir, cuando no abordó las reformas estructurales necesarias y se sumó a iniciativas basadas en la denominada tercera vía, como la planteada por Tony Blair; o cuando teorizaba en exceso sobre modelos de estudio, como los reseñados por Anthony Giddens. Ahora, los gobiernos socialistas de España y Portugal deben plantear los nuevos y concretos retos de Europa. Están más legitimados que nunca, y que nadie, al ser los espacios políticos donde la extrema derecha obtuvo los peores resultados de la Unión Europea.

Por eso, resulta gratificante escuchar a la ministra Nadia Calviño profundizar en su Agenda del Cambio; es alentador entender las expectativas contenidas en los principios básicos de los programas de transición ecológica; y soy optimista ante la nueva concepción económica en la que el objetivo es acabar con la pobreza; pero no con la riqueza; y que hay que alinear la fiscalidad con el crecimiento, como afirmó recientemente el presidente Pedro Sánchez.

Por fin, parece ser que la socialdemocracia española comienza a redefinir sus proyectos. Se aleja de sus alergias a las reformas estructurales y enfila un nuevo marco de relaciones laborales (dadas las nuevas circunstancias de los mercados de trabajo); diseña una sociedad más transparente con rendición de cuentas permanente; se inscribe en lograr una más elevada calidad institucional y una mejoría de los ratios de capital humano; y se compromete a defender y conseguir una sociedad más plural y más justa, dentro de una economía más competitiva y sostenible.

O sea, la socialdemocracia retoma una nueva vitalidad. Se espera de ella un mayor protagonismo en la sociedad mundial, abandonando el rol de actor secundario y sus tiempos de ensimismamiento.

Por Fernando González Laxe Ex presidente de la Xunta de Galicia

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