Y ahora... ¡a otra cosa, mariposa!


España, que pasó de hacer una política puramente intuitiva a llenarse de politólogos y comunicadores yuppies y audaces, también ha pasado en sólo dos meses de tener hambre de negociación -«¡porque aquí no hay cultura de pactos¡»-, a sufrir una indigestión pactista que el sábado culminó en una orgía de trapalladas que dejan en precario, o en el laberinto de Creta, a gran número de ayuntamientos y autonomías, y, por lo que se ve, al invicto y meta-resistente Sánchez. Lo único que no se pacta en España, de momento, es la salida del AVE. Aunque el viernes, cuando subí al tren en Tarragona, ya había grupos de independentistas, colauistas, ciudadanos de Rivera, ciudadanos de Valls y devotos de Maragall que intentaban pactar la salida del convoy con un «entorno de retraso» -así de fino hablan los negociadores- de «más o menos media hora escasa».

Nuestra política, que volaba hacia sus objetivos como los halcones -en línea recta, tirándose en picado y a velocidad de vértigo-, vuela ahora como las mariposas, con trazos lentos e impredecibles, haciendo gala de estériles danzas, y tocando en todas las flores hasta dar con el gorrión que se las zampa. El multipartidismo asambleario, los populismos de amplio espectro y escasa cordura, y los partidos sistémicos reconvertidos al papanatismo de las redes sociales, la tiranía de la imagen y la improvisación continua, han dado en esto. Y ahora nos damos cuenta de que, en contra de lo que decían los posmodernos -«la política es diálogo, pacto y mariposeo»-, volvemos a necesitar a los clásicos -«la política es sistema, partidos leales y elección racional orientada a la necesidad y la voluntad de gobernar»-.

Desde ayer mismo, Pedro Sánchez ha iniciado su vuelo de mariposa -exhibicionista e impredecible- hacia una investidura que, aislada de su función gobernante, está dispuesta a expandir el polen socialista sobre todas las flores del jardín. Y por eso los ciudadanos empezamos a sentir terror ante la posibilidad de que una investidura artística, a modo de carambola de exhibición, asiente en la Moncloa al Gobierno más débil y contradictorio de nuestra democracia, sin más apoyos que el vicepresidente Iglesias -que, sin aportar mayoría suficiente para nada, le hará pisar todos los charcos del caos económico y legislativo-, y asediado por los que o están radicalmente en contra (PP, Ciudadanos y Vox), o aspiran a mantener a Sánchez como un durmiente sudoroso, asediado por mosquitos y tábanos diversos, que le obligan a perder la noche dando manotazos, para saltar de la cama, sin poder concentrarse en su trabajo, más cansado que cuando se acostó.

Nadie debe dar apoyo a una investidura que no implique, además, un proyecto de gobierno. Investir por investir es como hacer trampas en el solitario. Y por eso tengo claro que, dado que el PP dice que no, y Rivera no dice que sí, estamos abocados a una legislatura perdida, que es lo que venimos persiguiendo, desde hace cuatro años, con un entusiasmo digno de mejores causas.

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