En manos de los pequeños


Quedan horas para los últimos flecos de los pactos municipales y autonómicos y seguramente semanas, quién sabe si meses, para el gran pacto del Gobierno central. Al llegar a la última fase se puede certificar que se ha negociado mucho, como corresponde a la ausencia de mayorías absolutas; se ha negociado atropelladamente, sobre todo en los lugares donde se juega más poder; que ha funcionado bastante bien la política de bloques; que el ganador provisional ha sido el PP, que, si nada se tuerce, se queda con la joya que más apetecía, que es Madrid, y que lo más llamativo es el poderío de los partidos más pequeños, pero con importante poder para inclinar la balanza.

Uno de los partidos que se quedaron pequeños es el valenciano Compromís, que solo tiene un escaño en el Congreso, pero su líder Baldoví lo dijo muy bien: «Tenemos un solo escaño, pero vale su peso en oro». Y tanto: de él y otros como él puede depender la investidura del presidente del Gobierno en primera votación. En el ámbito local y regional, los partidos de segundo nivel han determinado la orientación de los acuerdos, han decidido gobiernos y decidirán, por tanto, la política de los próximos cuatro años. Los partidos clásicos, PP y PSOE, siendo los más votados en casi todas las circunscripciones, se han tenido que someter a sus deseos e imposiciones.

Por ejemplo, Ciudadanos, tercera fuerza, ha tenido en sus manos que gobierne el PP o el PSOE y ha puesto precio a sus apoyos. Ganó su voluntad quien más se rindió a sus exigencias. Vox, el partido denostado por tantos, ya resultó fundamental para el cambio de gobierno en Andalucía, y ahora forzó a Ciudadanos a tener una reunión contra su voluntad, forzó al PP a firmar un pacto de gobierno en la Comunidad de Madrid y mantiene un pulso final con Albert Rivera para entrar en el equipo gobernante. Cuando no se tienen los escaños suficientes, se invoca el respeto a los votantes, y un millar valen tanto como cien mil. La ley de las minorías.

Si miramos al ámbito estatal, Podemos, cuarta fuerza, forzó a Pedro Sánchez a inventar esa engañifa del gobierno de cooperación. Ahora se sigue pendiente de las condiciones del PNV, que hace la jugada de siempre («por ahora no podemos asegurar el sí a la investidura») y suena a elevación de precio. Incluso Bildu se sube a la parra y dice que «quien quiera nuestro voto debe negociar». Y todos los regionalistas exigen dinero y obra pública. Aunque solo tengan un escaño, saben, como Baldoví, que vale su peso en oro. Es el tiempo de los pequeños. Mejor dicho: ya no hay pequeños en la política española. Todos se consideran decisivos en las instituciones. Democráticamente es impecable. Operativamente, una complicación más.

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