La espada y la pared


El juego de los pactos postelectorales se parece al de las sillas. Suena música alegre, los participantes sonríen, pero el fondo es un drama: no hay asientos para todos. Y solo unos pocos de los que logran sentarse consiguen hacerlo en el sitio que querían.

Hay jugadores de todo tipo y pelaje. Algunos ven muy bien de cerca, pero muy mal de lejos, tienen la memoria quebradiza y olvidan su postura sobre aquellas viejas proclamas que proponían dar automáticamente los gobiernos a la lista más votada. Otros destacan en el arte de saber vender los fracasos como éxitos, y solo están preocupados de quedarse en su silla. También están los que profesaban la religión del bisagrismo, se cambiaron al credo de los cordones sanitarios y quieren mantener en el poder a dinastías. Comparten generación con los que se olvidaron del círculo para idolatrar al líder que volvió, vio y perdió, el que pide como siempre, aun con peores resultados que nunca.

Y por último está el jinete, el que en público reniega de las sillas, pero en realidad las ansía. Aquel que, «entre la espada y la pared», coge la espada, «independientemente de las consecuencias». País.

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