Podemos despacha la bandera nacional


El pelón grita: «¡Vi-va-Es-pa-ña!». Ladra el can: «¡Guau! ¡Guau!». Y sentencia Zaratustra: «¡Está buena España!». Nunca mejor momento que el actual para poner a disposición del público, como está haciendo este periódico, la obra de don Ramón María del Valle Inclán, radiógrafo insuperable del país, que escribió en ese compendio del esperpento nacional que es Luces de bohemia el delirante diálogo que abre esta columna.

 Está buena España, sí señor. Tanto como para que, el mismo día que se constituyó el Congreso, su vicepresidenta y secretario primeros, Gloria Elizo y Gerardo Pisarello, ambos de Podemos, tomasen la increíble decisión de expulsar la bandera de España de sus despachos oficiales. Salvo caso, poco probable, de alergia a los tejidos o fobia al color rojo y amarillo, parece que Elizo y Pisarello no soportan la bandera de la España democrática. Su decisión expresa, primero, una confusión descomunal: esos despachos no son personales sino los oficiales de sus cargos, lo que significa que ambos carecen de autoridad para prescindir de los símbolos políticos que allí representan a la España constitucional. Así debería habérselo aclarado, de inmediato, la presidenta del Congreso, pero, desde que fue elegida, la señora Batet dejó bien claro que su misión no será representar a la institución que la ha convertido en tercera autoridad del Estado, sino evitarle problemas al PSOE, aunque sea al precio de una total dejación de sus potestades y funciones.

El fondo del alucinante comportamiento de Elizo y Pisarello es, en todo caso, lo verdaderamente preocupante. Pues de lo que se trata es de que ambos desprecian, hasta el punto de no soportar su presencia, la bandera del país que el Congreso del que forman parte representa. Dado que cualquier bandera es solo un trozo de tela, lo que los diputados de Podemos han excluido realmente de los despachos que los ciudadanos les hemos entregado es lo que esas banderas simbolizan: la España constitucional y democrática prevista en la Constitución de 1978. Nadie está obligado, por supuesto, a apreciar y respetar el país que tantos esfuerzos y sacrificios ha costado construir, pero no parece razonable que quienes no lo sienten en absoluto como propio estén en el Congreso tomando decisiones que afectan a la España que tanta inquina les provoca.

¿Se imaginan haciendo lo propio a un congresista norteamericano o a un diputado italiano, francés o portugués? Y que nadie se equivoque: bajo la bandera de EE.UU. se han cometido atrocidades (recordemos Vietnam) y las de los países citados fueron también, con escudos diferentes, las de la Italia mussoliniana, la Francia de Vichy y el Portugal de Caetano.

Pero subamos la apuesta: ¿se imaginan la que se montaría si un diputado autonómico quitara de su despacho oficial la bandera de Galicia, de Cataluña, del País Vasco, de Andalucía o de Aragón? ¡Se montaría la de Dios!

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