Jure como quiera, no hay redaños


Si España fuese Estados Unidos, los cinco reclusos catalanes y los demás independentistas no serían hoy diputados. En Estados Unidos, enero del 2009, Obama tuvo que repetir su juramento como presidente solo porque había colocado la palabra «lealmente» en un lugar distinto del texto previsto. Ayer, los independentistas catalanes dijeron lo que quisieron, montaron un mitin, invocaron la república, Junqueras dijo eso de «desde el compromiso republicano, como preso político», y el juramento resultó perfectamente válido. Incluso resultó válido el que invocó el mandato del 1 de octubre, que fue el acontecimiento más inconstitucional de los últimos 40 años. Lo que ocurre es que Estados Unidos tiene la fórmula de acatamiento en la propia Constitución, y aquí no hay nada legal escrito. Por eso la costumbre desde el primer «imperativo legal» hizo de esta ceremonia un acto que devalúa la Constitución y el Parlamento. Sospecho que discutiremos mucho sobre eso. Opinión personal: la Constitución se acata o no se acata, no hay términos medios ni debiera haber escapatorias con más astucia que lealtad. De hecho, se podría responder con dos monosílabos: sí o no. Todo lo que sea excederse, diciendo «por España» o «por la libertad del pueblo catalán», me da igual, no debería ser aceptado, porque lleva un componente ideológico impropio. Pero, si falta la ley que lo ordene, queda libre el campo para decir literalmente lo que se quiera, siempre que vaya acompañado de un «sí, prometo».

Segunda consideración: los que más protestaron, como Albert Rivera, que empezó así su lucha por el liderazgo de la oposición, y los que más patearon, como los diputados de Vox, no tendrían redaños para suspender o rechazar a los diputados mitineros. Y más vale que nadie tenga esos redaños, porque sería expulsar de la Cámara a todos los representantes del independentismo, lo cual multiplicaría el conflicto por mil. Y así, entre unas cosas y otras, los diputados soberanistas pudieron salir del salón de plenos con una íntima celebración: «Se la hemos colado». Es lo que diría cualquier gamberro después de hacer una gamberrada.

El acontecimiento y las palabras han pasado, habrá gran debate promovido por los que se consideran injuriados -«vergüenza nacional y espectáculo bochornoso», dijo Rivera-, pero ha sido la forma de iniciar la legislatura. Ahora viene la segunda parte, el «tenemos que hablar» de Junqueras a Pedro Sánchez. A ver lo que hablan y quiénes hablan, porque ni Sánchez irá a la prisión ni Oriol Junqueras a la Moncloa. Pero el hecho de pedir conversación indica que no todo está perdido. Aún queda una esperanza mínima, lejanísima, de entendimiento. Por supuesto, dentro de la Constitución.

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