Un final a medida


De todas las cosas locas que la pasión por Juego de tronos ha sacado a la luz, la de hacer que incluso el más dormilón de los mortales se ponga el despertador dos horas antes para salir a la calle sin que le destripen el capítulo no es la más insólita. Resulta todavía más pasmoso el impulso de quienes se han lanzado a recoger firmas en un intento de conseguir que alguien distinto a los actuales guionistas reescriba sus últimos capítulos y los sitúe a la altura que, según ellos, la serie merece.

Al final habrá que darle la razón Netflix y a su premonitorio experimento de Bandersnatch, ese especial interactivo de Black Mirror en el cual el espectador debe elegir varios caminos posibles en cada giro de guion. Hacer esto con Juego de tronos, con las múltiples tramas abiertas durante el periplo de decenas de personajes por las tierras de Poniente, obligaría a que el surtido de escenas y finales permeables a cada gusto particular fuera tan ingente que la aplicación de HBO podría explotar en el intento de complacer a todo el mundo.

Amar o no Juego de tronos, sea cual sea el final que nos depare, es una opción libre y su resultado es opinable. Tachar de «poco competentes» a Benioff y Weiss, creadores de algunas de las mejores horas entretenimiento de todos los tiempos, es un disparate.

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